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El valle de Cocora tiene ese nombre desde 1900

Plano de la finca Britalia, donde aparece el nombre La
Cocora, levantado en 1900. Propiedad de Darío Marulanda.
Por Miguel Ángel Rojas. Miembro de la Academia de Historia del Quindío y director del diario La Crónica del Quindío. Publicado en el diario La Crónica del Quindío el 25 de julio de 2016

Con la publicación del artículo: Álvaro Mutis y las minas de Cocora, firmado por el antropólogo Roberto Restrepo Ramírez, miembro de la Academia de Historia del Quindío, AHQ, (Álvaro Mutis y las minas de Cocora, 22 de mayo de 2013) se formó una polémica sobre el origen del nombre del valle de Cocora.

A la aseveración de Restrepo en el sentido de la existencia de minas de oro en los alrededores de los ríos Cocora y Coello, referidos por el escritor Álvaro Mutis en entrevista con el abogado y periodista César Hincapié Silva sobre el libro de aquel: La nieve del almirante, el académico Armando Rodríguez lo refuta, (La tienda de Cocora y el Valle de Cocora) (La AHQ abre debate sobre el nombre del valle de Cocora) argumentando que no se trata del municipio de Salento, Quindío, sino de Ibagué, en el Tolima.

Dice Rodríguez en su escrito de aclaración a Restrepo: “El abuelo materno de Mutis, Jerónimo Jaramillo Uribe, manizalita que al parecer participó en la fundación de Armenia, tenía la finca Coello que se ubicaba en la confluencia de los ríos Coello y Cocora en el corregimiento de Coello-Cocora de Ibagué, en límites con el municipio de Cajamarca, lugar en el que veraneaba de niño el escritor. Así que las minas de oro de Cocora a las que se hace alusión en la entrevista de Hincapié Silva nada tienen que ver con el valle de Cocora en Salento, son dos lugares muy diferentes que solo coinciden en el nombre”.

Del cañón del Alto Quindío a Cocora


En el mismo escrito, el académico Armando Rodríguez hace algunos señalamientos sobre el origen del nombre del valle de Cocora: “…sería muy interesante investigar la razón por la cual el nombre del cañón del Alto Quindío, como se llamaba lo que hoy se conoce como valle de Cocora, empezó a llamarse así a mediados de los años sesenta. Nuestro compañero de academia, Jorge Enrique Arias Ocampo, conocedor como el que más de su municipio, argumentaba que siempre esa zona se conoció como cañón del Alto Quindío. Pero que ante el auge de los cultivos de papa salentuna, tubérculo que según el Instituto Colombiano Agropecuario, ICA, era apreciado por su calidad sobre otros como la parda pastusa, los cultivadores de Salento tuvieron que ‘importar’ mano de obra de Anaime y Cajamarca (…). Decía Jorge, que a finales de los años sesenta (S. XX) se instaló la tienda Cocora que servía de sito de acopio de las muladas con papa que bajaban del Alto Quindío, lugar donde eran transbordadas en campero Willys y pequeñas camionetas para su traslado a Armenia. Este sitio, ubicado donde hoy se halla el restaurante Bosques de Cocora de Juan  Bautista Jaramillo, en el cruce de caminos de la carretera principal con el carreteable que lleva a la truchera, también servía para que los peones locales y del Tolima se reunieran a departir y tomar unas cervezas. El nombre de la tienda rebautizó el territorio como el valle de Cocora.


Refutación a Rodríguez

Darío Marulanda, nieto de Valeriano Marulanda Arango,
quien conquistara como colonizador del Quindío, las
tierras del actual valle de Cocora.


Uno y otro argumento provocaron la inquietud de habitantes de Salento y la nuestra. Buscamos al más antiguo propietario de esas tierras, el arquitecto Darío Marulanda Ángel, de 81 años de edad, nieto del primer propietario de estos predios del valle de Cocora, don Valeriano Marulanda Arango. En su casa, en Pereira, Darío Marulanda nos recibe y desenfunda un plano, el primer mapa de esta zona del Alto Quindío, levantado a mano en enero del año de 1900 por un agrimensor de Cartago, la capital de la provincia del Quindío, departamento del Cauca.


Foto antigua de don Valeriano Marulanda Arango,
 suministrada por su nieto Darío Marulanda.
Darío Marulanda evoca a su abuelo Valeriano y a sus tíos abuelos, Juan María y Francisco, patrocinados financieramente por el sonsoneño Lorenzo Jaramillo, para que vinieran allende de la recién creada Santa Rosa de Cabal (13 de octubre de 1844) a buscar tierras baldías. Y señala, sobre el mapa de 1900, correspondiente a la hacienda La Britania, denunciada como baldío y otorgada por el Estado a Valeriano Marulanda, un pequeño lote conocido como La Cocora. (Ver mapa).

“La Britania era apenas un pedazo de la tierra, conocida como La Bretaña o La Hacienda, que se extendía desde Boquía hasta el plan Perdedor, e incluía todo el cañón del Alto Quindío, pero cuya casa principal estaba en Britania. Lo que aparece en el mapa es esta porción, Britania y allí se puede ver el lote denominado La Cocora, que mi abuelo le entregó a su yerno, Germán Vélez, casado con una hija de Valeriano, Paulina Marulanda, tierra que se dejó en manos de una hija de estos, Judith Vélez Marulanda, casada con Lázaro Nicholls. La casa y la finca La Cocora aún existen”, narra Darío Marulanda, con voz cansada, pero con absoluta claridad mental. Y dice: “Es cierto que cerca de la casa de la finca, se fundó en los años cincuenta, tal vez, una fonda llamada Cocora. Pero el nombre de esa fonda provenía de la finca La Cocora”.

Conquista de la tierra en 1890


Valeriano Marulanda Arango llegó a la zona en 1890, tumbó parte del monte con un grupo de peones que estaban a su mando, abrió las fincas e hizo la denuncia de los terrenos baldíos ante un juez de Cartago. La inspección de las tierras las hizo, con la medición, un agrimensor de esa ciudad, el señor Lisandro Jaramillo, en el año de 1900, periodo en el que se levantó el plano respectivo, el cual fue registrado oficialmente en la gobernación del Cauca, el 31 de octubre de 1903. 

Darío Marulanda narra que a su padre, Julio Marulanda Botero, hijo de Valeriano, le correspondió el lote propiamente llamado Britania, donde estaba la casa principal. Y se vino definitivamente para ella, después de vender una finca llamada Pisamal, en la gran hacienda Maravélez, en La Tebaida, cuyo nombre debe provenir de la conquista de tierras que hicieron juntos Valeriano Marulanda y su yerno Germán Vélez, y, tal vez, por eso esa hacienda tomó el nombre de Maravélez. “Mi padre salió de Pisamal en una parihuela, casi inconsciente, acosado por la fiebre amarilla, y se instaló en La Britania, donde recuperó su salud, por la bondad del clima de Salento”.

Sobre el origen del nombre del lote La Cocora, en 1900, Darío Marulanda asegura que se trataba de un vocablo popular en esa zona, proveniente del antiguo lenguaje indígena. “Dicen que así llamaban los indígenas a la palma de cera, esa es una versión. La otra, corroborada también por Juan B. Jaramillo, propietario de tierras en la zona, es que ese era el sonido de un ave, pero con acento agudo co co rá, co co rá, y que los indígenas veían entre las palmas de cera. Por tal razón, una y otra, ave y palma, la llamaban cocorá, repetimos, con acento agudo”, narran Darío Marulanda y Juan B. Jaramillo.

De ahí proviene el nombre de la finca La Cocora, que debió de ser nombre femenino y con acento agudo, pero que se transformó porque la tilde de la última sílaba no apareció en el plano ni en las escrituras respectivas. Desde entonces, año 1900, y no desde la existencia de la fonda Cocora, en los años sesenta del siglo XX, como afirmaba el académico salentino Jorge Enrique Arias, referido por Armando Rodríguez, la zona dejó de llamarse cañón del Alto Quindío, para tomar el nombre de valle de Cocora, que debería de ser, valle de La Cocora.

Comentario hecho por el miembro de la AHQ, Armando Rodríguez Jaramillo, en la página web del diario La Crónica del Quindío.

"Interesante, muy interesante, el cúmulo de información que Miguel Ángel Rojas devela hoy con la entrevista a Don Darío Marulanda Ángel y demás pesquisas realizadas. Este es el tipo de debate enriquecedor que hacemos en la Academia de Historia del Quindío y que contribuye a reconstruir la historia de nuestro territorio y a crear identidad y sentido de pertenencia. En el fondo no importa quién tenga la razón, lo realmente esencial es darle sentido a nuestra existencia y rescatar, en este caso, el origen de los pintorescos nombres de nuestras veredas, caminos, ríos y municipios antes que el paso de los años ponga un manto de olvido sobre ellos.  Así que bienvenidos los argumentos expuestos y felicitaciones al Director del diario La Crónica del Quindío por su documentado escrito".

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