Noticias del Tesoro de los Quimbayas en una crónica escrita singular

Desde las anécdotas de guaquería alrededor de su hallazgo en tierras del Quindío a fines del siglo 19, pasando por los rumores de una relación especial entre el presidente que lo obsequió  y la reina de España, hasta la presunta desaparición de las campanas de Filandia que fueron fundidas con oro de dichas piezas (lo que pudo ocurrir entre 1925 y 1928), todo lo que se refiera a ese acontecimiento es muy singular.

Una crónica escrita por Daniel Samper Pizano en El Tiempo, titulada “Al rescate del Tesoro Quimbaya” (domingo 8 de marzo de 1987), evidenció dos intentos de adquisición en préstamo de algunas piezas de esa colección por parte del gobierno colombiano.  Ambas gestiones fueron realizadas por Belisario Betancur Cuartas, la primera en 1976 cuando era embajador ante el gobierno de España y la segunda cuando era presidente en 1986.

El primer hecho buscaba “el préstamo” de algunas piezas al Museo del Oro de Bogotá.  Anota el cronista  que” según Betancur, el canje estuvo a punto de cumplirse en 1976, cuando el rey Juan Carlos viajó a Colombia; se frustró, sin embargo por razones desconocidas”.  La segunda gestión también se truncó el  22 de julio de 1986, pues Colombia había solicitado en préstamo cuatro piezas, para ser exhibidas en la inauguración del Museo del Oro Quimbaya de Armenia tres días después.

Es curiosa, por no decir que pintoresca, la forma como Samper Pizano describe las piezas arqueológicas en su crónica, lo que pareciera más el detalle de alguna transacción comercial que una descripción de colección museística:

“Se estima que la tribu Quimbaya, de destacados orfebres, trabajó las piezas entre el siglo VI y el X de la era.  Entre ellas hay numerosos objetos pequeños (figuritas, cascabeles, dijes), muchos adornos (pulseras, narigueras, collares) y 25 piezas que pesan más de media libra (250 gramos).  Entre estas últimas, once pasan de una libra y cinco pesan más de un kilo.  La más pesada es un vaso para cal de 1.323 gramos de 0.44 de ley.  Pero la más valiosa, en concepto de la experta española María Paz Cabello, es una figura de 18 centímetros de altura y 1.143 gramos de ley 0.900 a la que se conoce como “el cacique sentado”.  Esta figura es el orgullo del Museo de América, que la despliega en algunos de sus catálogos y ocupa la carátula de un libro publicado por esa entidad.

“El cacique sentado”, sin  embargo, no es una de las cuatro piezas que solicita en préstamo Colombia.  El Museo del Oro de Bogotá ha pedido un recipiente de 713 gramos, un “chorote” cubierto de 439 gramos, un vaso ceremonial de 1.011 gramos y un casco de 300 gramos.  En total, la petición colombiana comprende -en peso- el 14 por ciento de la colección y -en unidades- el 2.6 por ciento.  Tampoco demanda las más conocidas figuras del Tesoro que, aparte de “el cacique sentado”, son “el cacique de pie” (26 centímetros de altura y peso de 629 gramos), u recipiente con forma  de cabeza (33 centímetros de altura y 539 gramos) y “mujer con ramilletes” (29 centímetros de altura y 1.150 gramos).

En compensación por el préstamo de las cuatro piezas, Colombia ofrece a España en comodato (préstamo de uso) una colección de 120 figuras de oro y 45 de cerámica y concha pertenecientes a siete culturas indígenas.  Esta colección estaría documentada y descrita para exhibición”.

Es difícil el camino que le queda por recorrer a esta representativa muestra que reposa en el Museo de América en Madrid.  Tanto Colombia como España estarán  en gestiones muy diferentes, que van desde su recuperación por parte del primero y su retención por parte del segundo.  En ambos casos, actitudes muy profesionales se gestionan desde hace años.  Colombia espera el fallo de la Corte Constitucional que puede ordenar su repatriación y España acaba de publicar un estudio serio sobre las características de dichas piezas desde el punto de vista antropológico.

El caso colombiano destaca la intervención solitaria y constante de la Academia de Historia del Quindío, además de las cartas por  un alcalde cuyabro al rey de España, pues no se  ha notado el interés ni de la cancillería, ni del ministro de  Cultura, ni de su  ente dependiente el Instituto Colombiano de Antropología e Historia.  Se elige, entonces, quede en entredicho el parentesco de la actual Canciller de Colombia con el presidente de Colombia de 1892 o que el gobierno nacional evite un conflicto diplomático con la “madre patria”.

El caso del gobierno español ha sido manejado  con  pulso de relojero en los últimos años.  Ha quedado en claro un hecho académico sobresaliente:  la publicación de una obra titulada “El Tesoro Quimbaya”, que es el reflejo de investigaciones científicas realizadas por autoridades en la materia cultural, entre ellos el director general de Bellas Artes y Patrimonio Cultural del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte de España y el Vicepresidente del CSIC  (Consejo Superior de investigaciones Científicas).

Lo más destacado es su objetivo de investigación desde enfoques tecnológico de las piezas, antropológico y etnohistórico.  Una investigación adelantada por el Estado español, en un momento de posible reclamación internacional, dejaría muy golpeado el internacional, dejaría muy golpeado el interés de Colombia en su repatriación.

Vendrán meses o años de larga espera.  Mientras tanto, los colombianos seguiremos construyendo incertidumbres, o recibiendo noticias sobre su historial.  Como las que también nos relata en otra parte de aquella crónica el señor Samper Pizano:  “Durante 85 años Colombia se olvidó del Tesoro.  España, entretanto, había creado el Museo de América (1937), al cual se transfirió la colección que hasta entonces permaneciera en el Museo Arqueológico.  Durante la guerra civil las piezas fueron metidas en costales y colocadas fuera de la caja fuerte del Banco de España.  De esta manera pasaron inadvertidas y se salvaron de saqueos.

Al terminar el conflicto, las autoridades mandaron hacer a un orfebre de Córdoba réplicas de todas y cada una de las piezas. Esta colección es la que se conserva en el Museo de América.  El tesoro genuino permanece en la caja fuerte del Museo Arqueológico.

Los españoles solamente han podido ver en dos oportunidades las piezas originales.  La primera fue en 1892, durante la exposición de Sevilla; y la segunda en abril de 1985, cuando se realizó en el Museo de América una exposición de culturas indígenas de los Andes septentrionales.  La colección verdadera estuvo expuesta durante algunas horas el día en que el rey inauguró la muestra.  Después fue reemplazada por las copias y devuelta en medio de grandes medidas de seguridad a la oscuridad de la caja fuerte”.

Roberto Restrepo Ramírez (Miembro e Número de la Academia de Historia del Quindio)
Artículo publicado en el diario La Crónica del Quindío el 10 de septiembre de 2017


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