7 de diciembre de 2014

El café de Cúcuta.
El sacerdocio cafetero del padre Francisco Romero

Por: Jaime Lopera Gutiérrez. Miembro de la Academia de Historia del Quindío. Octubre de 2014

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Dice una muy divulgada leyenda que desde 1834 el famoso padre Francisco Romero, párroco de Salazar de las Palmas, Santander del Norte, ponía como penitencia a sus feligreses la obligación de sembrar determinada cantidad de matas de café a cambio de los pecados que él absolvía en nombre de Dios. Eso fue cierto.

No obstante, si bien fue un difusor extraordinario del dichoso arbusto que confirma nuestra economía, el padre Romero más que un párroco escuchando y repartiendo bendiciones en un confesionario, era asimismo un político conservador y un experto en la compraventa de tierras, cacaoteras, cañeras o cafeteras cuando este ultimo cultivo empezaba a diseminarse por los lados del Norte de Santander.

En realidad fue el granadino Manuel Ancízar quien, en 1853, en su libro “La Peregrinación de Alpha”, por primera vez confirmó las ejecutorias del cura cuando lo conoció, a su paso por Salazar de Las Palmas, en la época en la que trabajaba al servicio de la Comisión Corográfica del geógrafo italiano Agustín Codazzi.  En este libro Ancízar cuenta que, desde 1834, el párroco Francisco Romero “logró que los vecinos plantaran árboles de café que allí prosperan admirablemente, viéndose de continuo las matas cargadas de flor, fruto verde y cereza madura de modo que jamás termina la cosecha”[1].

Más adelante Ancizar corrobora que el párroco Romero había llegado a Salazar para lograr que, “con exhortaciones y penitencias en el confesionario”, los vecinos del lugar plantaran los árboles de café.  Mientras tanto y gracias a la ayuda que le proporcionaba el señor Santiago Fraser, un veterano de la Independencia y posteriormente socio en sus negocios, el padre Romero hizo en 1851 la primera exportación interna de 6.000 quintales de café como semilla para distribuir entre pequeños cosecheros pequeños, en Colombia y en Venezuela, lo cual le permitió a cambio recoger la suma de 800.000 pesos. Más adelante, el mismo Ancízar, para destacar la velocidad y la rentabilidad como se regaba la noticia del grano relata la perseverancia de un hacendado, el señor González, quien había plantado más de 30.000 matas de café que “producen 3.600 arrobas de cosecha segura vendidas a 12 pesos”[2]. Los anteriores testimonios de Manuel Ancízar son los que dan origen a la leyenda promocional del padre Romero.

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Pero un nuevo texto sale para complementar lo dicho por Manuel Ancízar. En un aparte de la relación de compraventas (ver Apéndice) que trae el libro del abogado Rafael Eduardo Ángel[3] se hace evidente --con la prueba fidedigna de muchas escrituras públicas de la época auscultadas in situ por este jurisconsulto y historiador--, que el negocio del padre Romero consistía más en comprar y vender predios con cultivos de café, que pasaban de mano en mano gracias a su habilidad de traspasarlas a su debido tiempo derivando beneficios para su parroquia y, presumiblemente, comisiones para su bolsillo. Vale decir que el padre Romero descubrió las posibilidades de la bebida, por rumores que le llegaban de Europa, pero al mismo tiempo estaba pensando en sus propios intereses.

Estamos hablando de agosto 11 de 1834, fecha desde la cual el historiador nortesantanderano Ángel, deseando recuperar para su región la primacía en la historia del café en Colombia, encuentra la primera escritura que parece inaugurar una cadena de situaciones sobre las compraventas agrícolas en Salazar de Las Palmas y en la Villa del Rosario de Cúcuta. En este primer documento se muestra al concejal Rafael Ibarra y a Domingo Rodríguez quienes comparecen para otorgar un documento de compraventa a favor del “señor cura de esta ciudad Doctor Francisco Romero de una casa que “el otorgante tiene de (bara) bajareque y lucua (sic)” en el sitio de Saque (ejidos de Salazar) y “el derecho que le asiste de un pedazo de tierra que está allí mismo encerrado en cimientos y ballado (sic) pertenecientes a dichos ejidos”[4].

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El padre Francisco Romero Torres era un teólogo y jurisconsulto rosarista, nacido en Usme, Cundinamarca, en octubre de 1.807, de donde salió con varios destinos hasta recalar en Salazar de las Palmas desde 1834 hasta 1850 cuando, según Ángel, comenzó a extender su “sacerdocio cafetero” en Gramalote, Sardinata y Lourdes[5]. Durante su estadía en Salazar, aparte de ser párroco, Romero ocupó muchos cargos tales como diputado de la Cámara Provincial de Cúcuta, donde desempeñó luego el cargo de director de la Casa de Educación de aquella ciudad.

En noviembre de 1850 el padre Romero fue designado canónigo del Capitulo Catedral de la Diócesis de Nueva Pamplona, examinador sinodial y cura propio de la Catedral de la Parroquia de Nuestra Señora de Pamplona. En 1856, residiendo en Pamplona, hace parte de la Sociedad Democrática con Eustorgio Salgar, Felipe Zapata y otros. En 1859, a los 51 años, es capellán del ejército conservador del general Leonardo Cabal; en 1861 es elegido por la Provincia de Pamplona para concurrir a la Asamblea del Estado de Santander, antes de caer prisionero del general liberal Santos Gutiérrez quien lo mandó prisionero a las bóvedas de Cartagena.

Ya libre, el sacerdote regresa por San Antonio del Táchira y de allí pasa, en 1865, a ejercer como párroco de Bucaramanga gracias a la ayuda del vicario de la Diócesis de Pamplona; desde entonces recuperó su campaña de promoción cafetera que traía desde Salazar, tocándoles el corazón del negocio a unos ricos terratenientes como los Puyana, los Reyes González, los hermanos Ogliastri y varios miembros de la familia Mutis. En 1874, debido a su avanzada edad y sus achaques, el padre Romero fallece a los 67 años dejando como testimonio su esfuerzo en favor de la economía cafetera con una cifra estadística que registraba, por su época, un 22 por ciento de exportaciones de café colombiano, al decir elogioso de uno de sus biógrafos, Armando Martínez G. Por supuesto que la cuenta de Ancízar, por ese entonces ya Cúcuta estaba exportando más de 60 mil cargas de café y artículos como quina, tabaco, cueros, cigarros, alpargatas y batán y otros[6] .

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El libro del Rafael Eduardo Ángel trae una interesante relación de las principales transacciones que se hicieron en la región de Salazar de las Palmas y sus alrededores en el periodo de 1840 en adelante. Una muestra de más de sesenta registros de compraventas compilados en esta obra del académico nortesantandereano revela que el padre Romero hacía amistad con los principales jefes políticos del Cantón de Salazar a los cuales a menudo solicitaba su “satisfacción” para los negocios que emprendía. Como las disposiciones sobre Rentas Comunales (derivadas de una ley del 19 de marzo de 1834 que autorizaba rematarlas por parte de los Concejos Municipales) le entregaban al padre Romero esa posibilidad de remates, él utilizaba dicho privilegio gracias a sus alianzas políticas para proveerse de tierras que luego negociaba con particulares.

En 1840, por ejemplo, el padre Francisco Romero vende a Francisco Ramírez Becerra una hacienda compuesta de “cien mil matas de café más o menos”, situada en la finca “Bellavista”, que constituyó una de las transacciones más importantes sobre el cultivo del café y favorece la imagen de promotor y negociante cafetero que este presbítero había venido haciendo por años. De pasada, el sacerdote no deshecha las donaciones voluntarias que le hacen para sus congregaciones católicas como en el caso de la señora Genoveva Peñaranda quien le regala $100 para la Cofradía de la Virgen de Belén, en Salazar, fundada por el prestigioso cura.

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No obstante las diferentes valoraciones de Rafael Eduardo Ángel para organizar detalladamente la biografía del padre Francisco Romero (lo cual se alcanza en diversos capítulos no del todo articulados, aunque en todos ellos se reconoce a Romero como el iniciador del capitalismo cafetero en Colombia a finales del siglo XIX), cabe señalar que los anteriores testimonios realmente le dan la razón a la misión indiscutible del cura en el negocio cafetero informada por Manuel Ancízar.

Pero fue antes, en el Virreinato de la Nueva Granada, donde se pueden encontrar, según Angel, las primeras huellas de la expansión cafetera en el país. El ciudadano de origen francés Pedro Chauveau Peltier fue quien incubó la idea de hacer en 1794 una plantación de café en el sitio “El Palmar”, una hacienda adquirida a Esteban Fortoul y en la cual, en 1801, declaró tener 50.000 árboles de café en plena producción. En consecuencia, esta área se convirtió en el centro de expansión de la rubiácea hacia San Jose de Cúcuta (1812) y Chinacota (1815). Durante el receso de la guerra de Independencia (1816-1832), Gabriel Maria Barriga en 1821 nuevamente importó semillas de café desde Jamaica y, no mucho tiempo después (1834), aparece el enorme empuje del padre Romero promocionando el café hacia Venezuela, y desde luego hacia Rionegro, Girón y Bucaramanga[7].

No obstante estos indicios colombianos, tampoco se puede pasar por alto que desde 1763, con la familia Omaña, ya asoman en el vecino país los primeros palos de café por los lados de la población de Rubio en los Valles de Aragua. Y que, un poco más adelante, en 1784, el padre Jose García Mohedano había iniciado ese cultivo en el Valle de Caracas al parecer solamente como una planta de ornato en su jardín. Ni se puede pasar por alto que el Estado de Táchira fue, desde ese tiempo, un propagador del arbusto con muchos colombianos venidos de Mérida y Trujillo. Las referencias venezolanas en torno al café parece que se cruzan con la vida de muchísimos hacendados y, en especial, con el importante patrocinio de Juan Vicente Gómez —quien hizo del negocio de las mulas para transportar cargas de café, desde finales del siglo, una empresa utilitaria de enormes dimensiones[8].

Con el café se financió en nuestro país vecino la “revolución restauradora” de Cipriano Castro (1899-1908) y, por aquel entonces, se sabe que los cafés venezolanos inundaron a Cúcuta, Michelena y Colón dado que este era el eje preciso para sacarlo con destino a Europa y EEUU por el lago de Maracaibo. Pasado el milenio, las referencias en torno al café colombiano y venezolano superan los logros del padre Romero y se necesita hablar de muchísimos otros pioneros santandereanos  como el general Leonardo Canal, los Fraser, el expresidente Ramón González Valencia (entre otros, fundador de Fedecafé) y David Puyana hasta llegar al año específico de 1926 cuando el Norte de Santander –de los 32 existentes-- tiene 28 municipios productores que contabilizaron más de 40 millones de cafetos, según la manera de contar que tenía Diego Monsalve[9].

La presente breve reseña del libro del historiador Rafael Eduardo Ángel  (400 paginas apretadas, 28 ilustraciones y una cuidadosa una bibliografía de 134 textos consultados) es una importante muestra del papel reivindicador que el autor se ha propuesto para darnos el mensaje de reconocer, a los cafeteros del Occidente colombiano, que la verdadera industria del grano se inició en Cúcuta y que el padre Francisco Romero es una leyenda de vida que no puede ser menospreciada en los anales de la caficultura colombiana. No disponemos de espacio para comentar más ampliamente los hallazgos del abogado Angel en torno al nacimiento de la caficultura en Colombia, pero su libro es un testimonio invaluable, el primero que se ofrece con juiciosos pormenores de primera mano los cuales deben servir para identificar las verdaderas raíces de nuestra industria cafetera y, en general, de la agricultura en Colombia.
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Apéndice

1836-1850: ADQUISICIONES Y NEGOCIOS DE F. ROMERO
FECHA
ADQUIRENTES Y NOTAS
1836, agosto 27
Marciano Reyes vende al padre Romero “una tapia que actualmente sirve de Escuela Pública de esta ciudad”, por $ 20.
1837, marzo 11
Presentes el coronel Santiago Fraser (como fiador in solidum), y Francisco Romero (como principal), en asocio con Alberto Peñaranda, se rematan unas tierras de “San Marcos” pertenecientes al principal, “con la obligación de asegurarlas a satisfacción de la Jefatura Política del Cantón (Salazar”).
1837, agosto 14
El padre Francisco Romero como vendedor, y Santiago Fraser, como comprador, aclaran sobre “unas tierras de entables de café de cuarenta mil matas más o menos” que el cura dice tener en el sitio de Las Guayabas.
1837, agosto 14
Santiago Fraser compra la tierra “Las Guayabas” con entables de café por $ 300, pagándose “cada mil matas de café a quince pesos el mil”.
1838, septiembre 4
El padre Francisco Romero anuncia el remate en publica subasta de las tierras “Blanquisal”, “La Bruja” y “El Purgatorio” a favor de Santiago Fraser y Alberto Peñaranda por $ 330, comprometiéndose los otorgadores a formar una compañía a satisfacción del Jefe Político, señor Salvador Yañez.
1838, septiembre 4
Santiago Fraser, Alberto Peñaranda y el presbítero Francisco Romero afirman haber rematado al doctor Romero las tierras de “La Chuspa” (pertenecientes a las Rentas Comunales que una ley del 19 de marzo de 1834 autorizaba rematar por parte de los Concejos Municipales), por $ 88 a condición de formar una compañía de unión de todas las tierras rematadas.
1839, febrero 12
Alberto Peñaranda vende a los hermanos Faliaco, vecinos de la Villa de San Jose de Cúcuta, “un globo de tierra compuesto por una sementera de cañas, entable de café, casa de habitación y tierra de trapiche, compuesto este por dos fondos, dos yuntas de bueyes y otros aderezos”, en el sitio de “Vivas”, lindando en parte con tierras del presbítero Francisco Romero, por $ 90.
1839, mayo 6
El presbítero Francisco Romero vende al Bachiller Fructoso Trujillo  un globo de terreno llamado “El Potrero de la Vega” por $ 250.
1840, julio 19
Manuel Salvador Rangel vende al padre Francisco Romero una casa de tapia y teja y una hacienda que consta de “una arboleda de cacao y otra arboleda de café” (que no se sabe el número de árboles que tiene) y un trapiche de seis arrobas.
1840, febrero 24
Francisco A. Martínez vende por $ 160 a Francisco Ramírez Becerra un lote de “diez mil matas de café poco más o menos” situadas en la hacienda “Buenavista”.
1840, 27 febrero
Francisco Romero vende a Francisco Ramírez Becerra una hacienda compuesta de “cien mil matas de café más o menos” situada en “Bellavista”. El vendedor declara que esta venta se hace por haber él fundado la hacienda y edificado la casa en tierras propias por remate de 1837, y que las vende por $ 3.500 “con todos los beneficios, usos y costumbres” (ver Protocolos de Salazar, folios 8 a 12, frente y vuelto).
1848, 26 agosto
El doctor Francisco Romero, cura y vicario de Salazar, vende a José Cárdenas un globo de tierra de pancoger en “La Aguada” y lo vende “ahora en veinte cargas de café”.
1848, agosto 1
Francisco Romero, cura de esta ciudad, y Francisco Antonio Martínez, compran a Mario Esteban Benítez, por $ 400, una hacienda denominada “El Placer” con 12.000 árboles de café.
1850, marzo 19
Genoveva Peñaranda hipoteca la hacienda “La Botija”, con árboles de cacao, café, caña y trapiche, para segurar $100 a favor de la “Cofradía de la Virgen de Belén de Salazar” del doctor Francisco Romero.

Fuente: Rafael Eduardo Ángel , “Colombia Cafetera Nació en Cúcuta, 1794-1870”; Cámara de Comercio de Cúcuta, Cúcuta, 2007.


[1] Ancizar, Manuel.  Peregrinación de Alpha, Tomo II, Biblioteca Banco Popular, Volumen 9, Bogotá, 1970. Cit. por REA, pág. 174.
[2] Ancizar, Manuel. Óp. cit., Capítulos XXXVI y XL, especialmente.
[3] Rafael Eduardo Angel, “Colombia Cafetera Nació en Cúcuta, 1794-1870; Cámara de Comercio de Cúcuta, Cúcuta, 2007. Angel fue miembro del Consejo Superior del Servicio Civil, una magistratura nacional que administraba el sistema de carrera administrativa y resolvía los desacuerdos formales de los servidores del Estado colombiano.
[4] Angel, óp. cit., página 151.
[5] Angel, óp. cit., pagina 211.
[6] Angel, óp. cit., página 212.
[7] Angel, óp. cit., Capitulo 67, página 319 y ss.
[8] Angel, óp. cit., página 224-232.
[9] Diego Monsalve, Colombia Cafetera. Barcelona, España, 1927.

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