27 de julio de 2014

Palabras a la historia

Por: Armando Rodriguez Jaramillo Miembro de la Academia de Historia del Quindío. Armenia (Quindío), 2007

En tiempos de desprecio por el pasado, y en forma por demás inconsulta, transcribo apartes de las palabras pronunciadas por el historiador Jaime Lopera Gutiérrez[1], el 30 de abril en el Salón Bolívar de la Gobernación, en alusión al papel de la Academia de Historia del Quindío:

 “[…] No obstante los años, aun somos una institución nueva que se ocupa de lo viejo. Nacimos al mundo cuando nos dimos cuenta que esta región, antigua, autentica y llena de vida, reclamaba una voz propia que enalteciera los hechos de sus fundadores y mostrara ante la faz del país que no éramos unos simples subalternos de la cultura caldense […] Heredamos de los caldenses unas energías hacendosas que ellos a su vez obtuvieron de la cultura antioqueña: sólo que, en razón a que somos un cruce de caminos, los quindianos vimos llegar a los caucanos, a los tolimenses y a los cundiboyacenses que depositarían entre nosotros […] la simiente de sus propias costumbres al punto de transformarnos en una cultura llena de diversas luces, rostros y cicatrices.


Somos pues una mezcolanza regional, donde es todavía difícil saber si la mazamorra (masa de moros) vino de las catorce familias de gitanos que trajo Jorge Robledo a Cartago, o llegó de las brechas rionegrinas; […] Esta amalgama de voces […] es como un caldero donde se agitan diferentes expresiones culturales que todavía estamos tratando de descifrar para hallar las nuestras, las propias, aquello que en todo el mundo se llama identidad.

Decíamos arriba que somos una institución nueva, pero pobre de solemnidad. Algunos talvez pueden vernos como un comité de soñadores a quienes no les interesa el vil metal. […] Pero ya es hora de despertar de ese sueño y decir en voz alta que necesitamos dinero y albergue para nuestros libros y un lugar para nuestras meditaciones. A menos que tengamos una propuesta rentable […], el sector privado no acudirá a colaborarnos; y es el Estado el que […] nos debería obligar a cuidar de sus emblemas y de sus himnos, a recordar sus gestas en cada aniversario, y ponerle la cara a los efectos que tienen las tradiciones y sus cambios en la consolidación de una unidad regional […]

Porque […] la historia es una necesidad de los pueblos. “La historia —decía Franco Ferrarotti— no es más que la sedimentación de lo vivido: encontrar las huellas de lo que ha pasado; seguir el rastro de quien ya transitó o está transitando, descifrarla, conectarla”. No obstante, aún subsiste la pregunta de si es posible vivir sin historia. La gente común y corriente diría que sí […] Pero, ¿qué hacer entonces con las grandes ideas, con los sucesos extraordinarios, con las fechas y conmemoraciones que han hecho época? Las opciones son dejarlas al azar, o perseguir las huellas en la arena donde cada rastro es un signo, pero también un símbolo de que ha pasado por allí un ser humano. ¿A dónde iba, de dónde venía, qué quería, de qué manera se comportaba? Como ese movimiento tiene significado, entonces nace la historia como una manera de interpretarlo y recrearlo, y ese es nuestro papel en esta pequeña sociedad quindiana donde no se hablaba de estas cosas […]”


[1] Presidente de la Academia de Historia del Quindío

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