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Ciudades colombianas: Armenia 1930


Por P. G. Jansen.
Traducción y notas de Elizabeth Loaiza Roa para la Academia de Historia del Quindíio.

Artículo publicado en la revista mensual del “Touring Club Italiano”, como parte de la serie “Los caminos de Italia y América Latina”, edición de octubre 1930. El Touring Club Italiano, es una asociación sin ánimo de lucro creada en el año 1894 para difundir el turismo de ese país. Actualmente es una de las instituciones de turismo más prestigiosas en Italia y sus miembros son parte de la más alta sociedad italiana a nivel intelectual, político, económico.  Su revista fue fundada también en el mismo año y hoy en día solo circula para sus socios aunque también se encuentra disponible on-line. Colabora con la National Geographic. Respecto al autor no hay muchos datos; solo se sabe que su apellido al parecer es de origen alemán.  El artículo fue publicado 10 años después de haber sido escrito. La revista es de 1930 y en su artículo el señor Jansen dice que Armenia tiene 31 años. No obstante, es posible que el artículo fuera escrito anterior al año de la inauguración de la Estación Armenia en 1927. El texto original fue donado a Cesar Hoyos Salazar por su amigo italiano, residente en Armenia, Giovanni Thiele Baricalla; por su parte, el académico Hoyos la cedió a este portal de la AHQ.

ARMENIA

Me habían hablado de Armenia del modo más pesimista: clima húmedo, malaria, paludismo, ausencia de agua, de alcantarillado y de vías, casas que son barracas de madera inhabitables por seres civilizados. Partí con la recomendación de no quedarme en Armenia ni siquiera una hora sino de seguir directamente para Ibagué, atravesando en el mismo día en auto la Cordillera Central que desde hace algún tiempo, a la espera del ferrocarril, se supera recorriendo una empinada carretera que llega a tres mil trescientos metros de altura. De esta forma habría hecho dos etapas en un solo día, llegando al día siguiente al oscurecer a Bogotá.  Solo dos días de viaje: una nimiedad para Colombia en donde las comunicaciones son todavía tan lentas y difíciles.

Es verdad que la primera etapa se presentaba bastante fatigosa.  Aproximadamente siete horas de tren entre Cali y Armenia (se parte a las seis de la mañana y se llega a la una y cuarto, pero aquí las horas en tren, dadas la ultra-estrechez del ferrocarril y la relativa comodidad de los vagones, cuentan el doble), a las cuales debía agregar siete horas en autobús subiendo uno de los más imponentes sistemas montañosos de Sudamérica.  Era tanto que se llegaba a Ibagué en la noche, cansadísimo. Pero nada comparado, a los tres o cuatros días en mula o a caballo que se requerían hasta hace algunos meses solo para atravesar la Cordillera Central por esos caminos de montaña. Sin embargo, las afectuosas recomendaciones recibidas en Cali fueron inútiles.

El viaje hacia Armenia

En Armenia me esperaba la huelga de los conductores de auto y para organizar un transporte con mulas y caballos hasta el otro lado de la cordillera, me tocó quedarme dos días en la “terrible” Armenia, que al contrario, me pareció exquisitamente pintoresca e interesante en su diseminado conjunto de ciudad en formación.

Pero vamos con orden. Primero que todo, el viaje en tren entre Cali y Armenia se me reveló diversamente interesante y variado, como son todos los viajes en tren en Colombia, los cuales representan, osaría a decir, una maravillosa película natural en sus infinitas y sucesivas encantadoras visiones de paisajes amenos y exuberantes o pintorescamente peligrosos.

Dejando Cali, en un alba gris y lluviosa que hacía resaltar aún más el verde claro y brillante de la vegetación, el tren desciende en forma rectilínea y atraviesa el fértil y fecundísimo Valle del Cauca, encerrado por el occidente de la Cordillera Occidental y por el oriente de la Central, más alta y maciza. Es increíble, la fertilidad de este grande y larguísimo valle, abundante de agua, de clima primaveral (22 grados al medio día), el suelo produce de todo, naranjas, bananos, arroz, trigo y en las pendientes de la cordillera, café, caña de azúcar y hasta manzanas.

Sin embargo el inmenso valle que podría cómodamente albergar una población de treinta millones de personas, es casi desierto e inculto, su plana e interminable llanura verde, embellecida con magníficos bosques y matorrales  espesos y tupidos, está solo dedicado al pastoreo y al ganado, manadas de bueyes y de caballos que pastan en plena libertad en los prados inmensos cuyos confines son los ríos afluentes del Cauca y el pueblo de Dagua.

El tren atraviesa primero en forma diagonal el valle en su parte baja y pantanosa, llegando a la ciudad de Palmira que se encuentra al pie desnudo de las primeras colinas de la Cordillera Central, pero que en sus faldas concentra una vegetación pródiga. Después procede hacia el norte, en una rectilínea, teniendo a su izquierda el valle y el curso sinuoso del río Cauca que es navegable en esta amplia zona y dejando atrás los ciudadelas de Niza, Buga, Tuluá, Andalucía y Bugalagrande, pueblos con estaciones limpias y modernas que me recuerdan un poco los poblados y pintorescos centros de los Campos Flegrei que coronan a Napolí.

Las Sorpresas de Colombia

Pero en Zarzal, a 130 kms de Cali, la línea hacía Armenia se desvía del tronco principal que va hacia Cartago, Pereira y Manizales, subiendo sinuosamente hacia las primeras elevaciones de la Cordillera Central. Y es aquí donde tiene lugar uno de los más inesperados y extraordinarios cambios del paisaje. A la vasta llanura, plana y verde que alarga la respiración y nos hace soñar, sigue la montaña.  Y la vegetación cambia.  Pero, qué vegetación!

Todavía no es la selva ecuatorial del bajío  (tierras bajas), donde la unión del calor y la humedad, hace brotar una flora densa, monstruosa y compacta, un fantástico muro de verde, intriga impenetrable de plantas, espectacular orgía vegetal, que produce pesadillas, que oprime el alma y hace sentir al hombre inútil e incluso como un pigmeo; sino que es la vegetación tropical mezclada con la sub-tropical en sus formas más espléndidas, grandiosas y exuberantes, que se impone con su imponente belleza y nos hace fantasear.

A cada vuelta de la línea, después de cada curva, aparece como un gran y nuevo cuadro natural una paisaje inesperado, una armonía infinita de verde, fuente de una diseminada y pintoresca desarmonía: bosques, matorrales, todos de proporciones enormes, cuencas florecidas, valles alegres, pendientes amamantadas por vegetales.

Yo quisiera ser un botánico para citar todas las innumerables y majestuosas especies vegetales de esta naturaleza tropical todavía casi libre y apenas aquí y allá, estropeada por el hombre, que aquí se contenta con vivir en cabañas de nudosos bambús, grandes como troncos de árboles, al lado de racimos brillantes y gigantescos de pocos bananos; quisiera hacer mías las palabras grabadas en caracteres turcos y persas, del gran rey mogul Shah Jehan en su marmóreo palacio de Delhi  “Si existe un paraíso sobre la tierra, está aquí, está aquí, está aquí”. Cuando un día pensaré en Colombia, la veré como un gran sueño fantasmagórico de verde, verde, verde, verde y flores.

Aproximadamente a la una llegué a Armenia.  A pesar del edificio nuevo y relativamente amplio de la estación, la primera impresión que recibí de la ciudad no fue precisamente muy alentadora. En efecto, se sube por una callejuela desagradable y pantanosa, excavada a la derecha de la montaña, de un gran talud de tierra rojiza, mientras a la izquierda es todo un alinearse de barracas de bambú y de esterilla cubiertas de láminas. Más que casas, aparecen de este lado, más en alto, apoyadas sobre grandes estacas de bambú, unas especies de tugurios aéreos afirmados de una sola parte sobre la pendiente de una colina estéril.

Y, ¿es está Armenia?, me preguntaba perplejo. Pero el aspecto de la multitud de viajes que similares a una procesión desordenada me acompañaba subiendo hacia el centro de la ciudad, me sirvió para distraerme. Nada más característico, en efecto, que esta multitud pintoresca y descalza que se viste con ponchos y se cubre con sombreros de amplias alas.

Todos a caballo

La mayor parte de la gente en Armenia va a caballo. A excepción de los carga-equipajes y de cualquier muchacho indio, todos cabalgan. Caballos ágiles y nerviosos, con largas colas, se abren paso rápidamente entre los peatones, superándonos tan rápido hasta hacerme pensar que a pesar de todo el caballo no es aquel medio de transporte tan lento, que nosotros, orgullosamente modernos, estamos acostumbrados a desconocer y menospreciar. Todos a caballo. A mis compañeros de viaje los están esperando, afuera de la estación, pacientes caballos y peones.  En efecto, se va a caballo al hotel con las maletas cargadas a lomo de mulas.

Y todos cabalgan magníficamente, con aquel caminar a paso acelerado, característico de Armenia, que a menudo se confunde con el trote y que cubre las distancias en un destello. Curioso, el espectáculo de caballeros que visten enormes pantalones de cuero (zamarros. Ndelt) con los pies entre los estribos metálicos a triángulo con la punta alzada, el sombrero de grandes alas llevado orgullosamente en forma ladeada (sobre la calle veintitrés), que pasan rápidamente, con los ponchos multicolores (muleras. Ndelt) que ondean por la velocidad de la carrera.  Algunos llevan el pañuelo (raboegallo. Ndelt) enrollado sobre la espalda. El conjunto es muy coreográfico y sugestivo. Todos a caballo! Incluso el más anciano de mis compañeros de viaje, un hombrazo gordo y barbudo que calza botas, es esperado en la estación por un pony nervioso sobre el cual logra a subirse, no sin dificultad, y se aleja impasible después seguido de los peones y de las mulas que llevan las maletas.

El caballo es el medio de transporte preferido en Armenia.  Se va al café o al bar (que aquí se llaman salones) a caballo, a caballo se va a hacer visita o a mercar, se va al hotel y cuando se está a tierra, se amarra el animal a las columnitas de madera de la infaltable baranda. Yo, humilde peón, me siento pequeño y avergonzado entre tantos caballeros que se enfilan como rayos, sin preocuparse de las acequias y de los charcos. Y sigo con esfuerzo, seguido por mis carga-equipajes, encaramándome sobre los altos andenes donde existen, o de lo contrario, girando sobre los aguazales y los bancos de pantano.

Una ciudad en formación

Armenia tiene el aspecto de una ciudad en formación, crecida muy rápido, desarrollándose febrilmente, sin dar ni siquiera tiempo a la construcción de asentarse y de desarrollarse. Es toda de madera, aunque algunos edificios de dos plantas están tan bien construidos y algunos de esos crean dudas al transeúnte sobre el material con el cual están hechos, gracias a un extracto sutil de estuco y de cal esparcida sobre la madera.

Ella hace evocar en su conjunto la idea de una de esas novelescas ciudades del Far-West, ciudades de mineros, ciudades de buscadores de oro que estamos acostumbrados a conocer por medio de los libros de aventuras y de las películas americanas. Pero con una diferencia, y es que la multitud de caballeros que recorren sus calles es más variada y más pintoresca, aunque más pobre de la multitud que aparece estilizada y que atesta las pantallas cinematográficas.

Atravieso ahora largas calles en pendiente, flanqueadas por un enorme número de bares, de almacenes de madera, llenos de la mercancía más dispar, de los pantalones de cuero al lapicero o al tintero, del gramófono a las espuelas de plata, todo a un precio fabuloso. Y finalmente llego al hotel, también este de madera pero coqueto y acogedor.  El comedor está situado en el centro, circundado de pequeñas columnas y adornado con oleografías.  Tiene ventanitas muy en alto de las cuales la luz desciende en forma discreta.

La madera rechina bajo los pasos y mi cuartico, aunque húmedo, está todo impregnado de un aroma de madera cortada y de bosque.  Un pequeño salón y dos microscópicos balcones que se asoman sobre la plaza amplísima, de un terreno revuelto, me revelan cuantas cosas lindas se pueden obtener de una casa de madera. Me asomo por uno de los balconcitos.  Sobre la plaza, mineros, peones y conductores de carros se aglomeran tumultuosamente para un mitin. Diviso un agitarse de sombreros y de ponchos jactanciosamente tirados sobre las espaldas, escucho gritos, potentes vociferaciones. Un diputado socialista arenga la multitud.

Allá en lo alto, muy lejano, la cordillera sobre la cual se condensan pesadamente las nubes, muestra las grandes cuestas cubiertas de espesa vegetación, las hondonadas donde humea la niebla y el misterio y la fascinación antigua hacia las grandes alturas.  A la mitad de la ladera, un sutil derrumbe rosáceo incide en la pendiente del lado de la cordillera.  Es el ferrocarril de Ibagué en construcción.

¿Por qué calumniar tanto a Armenia? Allí es donde el hombre en su naturaleza es llevado a exagerar en un sentido o en otro y se necesita siempre mucho control y juicio para decir la verdad. ¿Cómo no perdonarle a Armenia cualquier mínima incomodidad? --por ejemplo, el agua amarillenta y pantanosa?--, cuando ella recompensa al huésped con un vivo colorido local, en una época en donde el mundo va todo nivelándose en una uniformidad cuanto más plana y gris?

Del resto, Armenia, es una ciudad realmente nueva. No tiene sino treinta y un años. Viene fundada de un tal Jesús María Ocampo, a quien el Concejo de la ciudad le ha dedicado un modesto monumento en el cual se representa un hacha que corta un robusto tronco de un árbol derribado. No hace sino cuatro años que la parte baja de Armenia, aquella situada hacia la estación y que todavía está colmada de las más humildes barracas, no era más que un pestilente pantano, ahora cubierto a punta de tierra.

Hoy la ciudad cuenta con más de treinta mil habitantes y es amplísima, y aunque la “Guia Inglés del Sud-América” ni siquiera la menciona, la derivación del tronco ferroviario Zarzal-Armenia del ferrocarril del Pacífico; el tronco de la línea del Quindío, abierto este año y que lo une directamente a Pereira; el paso de mulas convertido en carretera automovilística que escala hacia los Andes y la une al Valle del Magdalena y mucho más aún a Bogotá, la capital; los trabajos de la ambicionada línea transandina  (que en tres o cuatro años sustituirá la empinada “carretera”), han contribuido a su febril desarrollo.

Hoy, Armenia posee una hermosa iglesia, toda nueva, un lindo hospital dotado con cada instrumento moderno, además de una capilla artística, posee la “galería”, atestada de gente, y un mercado cubierto que muestra siempre la tendencia a crecer, a embellecerse, mejor dicho a remodelarse.

¿Cómo no sorprenderse si con tanta prisa de crecer y de progresar, Armenia todavía sea construida en madera? Los incendios son en consecuencia frecuentes.  En las dos noches que me quedé a la espera de poder finalmente cruzar la cordillera, fui despertado dos veces por el aullido siniestro y lamentoso de una sirena de alarma que rompe el silencio nocturno, repetido en miles ecos lamentosos de la montaña vecina, y pocos minutos después era todo un concierto de claxones de los automóviles de socorro (bomberos. Ndelt) yendo a toda velocidad hacia el lugar del siniestro.

Pero el colorido local de Armenia, tiene los días contados. La ciudad se transforma a la vista del ojo. En las cuarenta y ocho horas que he vivido aquí observé el inicio de los trabajos en su plaza pantanosa y revuelta para transformarla en un bello jardín, adornada toda en torno de un andén de mayólica, al estilo español. Y muy pronto llegará el día, no más de cuatro o cinco años, que sus calles estarán bien niveladas y asfaltadas.

Y entonces, los caballeros de poncho ondeante, de grandes pantalones de cuero y de las espuelas de plata, desaparecerán. Las vitrinas de los almacenes no expondrán más las monturas y las brillantes riendas. El fastuoso automóvil dominará soberano y, como ya en Cali, el caballo desaparecerá rápidamente. Y otro viajero, en un decenio dirá, entre otras cosas, que Armenia está  “dotada de todo confort moderno”, usando las frases de rigor empleadas en las guías.

Adiós entonces, querida y bella Armenia, tan injustamente calumniada!  Conservaré de ti y de tu cara el más placentero recuerdo. Yo parto pues me esperan afuera las cabalgaduras para atravesar la Cordillera.

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