Reflexiones sobre la quindianidad


Por: Jaime Lopera Gutiérrez. Presidente de la Academia de Historia del Quindío. Publicado en el diario La Crónica del Quindío el 22 de diciembre de 2013

Se viene proponiendo revivir el Día de la Quindianidad, un evento que hace años lo hicimos conocer con Martha Elena Hoyos, ella al frente de la secretaría de Cultura del departamento, con el propósito de congregar a quindianos de muchas partes del mundo en una recordación que no ha podido ser igualada desde diciembre de 1983.

Pensando en el complejo problema de la identidad de los pueblos, la idea de un nuevo vocablo, la quindianidad, aspiraba a representar ese amasijo de valores, experiencias, sentimientos y recuerdos que le dan forma a una comunidad específica cuando se la piensa y se la desea ser reconocida por sí misma en el plano más amplio del país. 

La respuesta a esta convocatoria fue espléndida y vinieron muchos coterráneos desde el extranjero y desde lejanas ciudades del país, al mismo tiempo atraídos por la figura del vocablo cuanto por la coincidencia de las fiestas navideñas para compartir con sus familias el fin de año.


Alguien registraba, en aquel entonces, que la quindianidad era un concepto aun en formación. Estábamos de acuerdo: serán varias las generaciones que pasarán antes de reconocer una cultura madura y una identidad rotunda que pueda ser examinada por propios y extraños. 


Los inmigrantes que vinieron al Quindío en el siglo XIX, los que llegaron de Boyacá y sus campos, desde Cundinamarca, Tolima y el Cauca; los que luego se reforzaron con una nueva carga de nombres que vinieron a estas tierras durante la Violencia (década del 50) y después del terremoto (1999), todos ellos hacen parte de ese registro en formación. 


Como mi actitud era más optimista entonces, ahora sé que la quindianidad hay que hacerla todos los días con participación de las nuevas generaciones, recitando por todas partes las tradiciones de nuestra propia historia, hilando recuerdos de los colonos que daban su lucha contra los terratenientes, defendiendo nuestros símbolos y repicando sobre los valores de trabajo duro y de honradez que siempre heredamos.

Un plato de ‘sudao’

Para hacer hincapié en el tema, alguna vez hicimos un intento de elaborar un plato de ‘sudao’ a los efectos de ir entregando aportes para una posible gastronomía quindiana, es decir, para ir identificando nuevos símbolos de la quindianidad.  Un plato llamado la “piangua” en Buenaventura ganó el concurso de cocinas regionales de Mincultura, pero nos quedó la idea de que es necesario hacer un platillo quindiano específico para adornar nuestras costumbres y darle una forma particular a nuestra identidad. A partir de esta propuesta gastronómica, quisimos reforzarla con los demás íconos locales como el tesoro de los quimbayas, la palma de cera, el poporo quimbaya, el cacique Calarcá, el farallón de Peñas Blancas, el Willys, el mariposario, los cargadores o silleteros y el camino del Quindío, entre otros. 

Todavía me quedan dudas sobre la danza de los machetes o la chapolera como frutos genuinos de esta región: uno no puede imaginarse del todo esa versión romántica de una cogedora de café en medio del cafetal, en alpargatas, bien peinada, vestida de polleras y delantales y acosada por un enjambre de zancudos en torno a su primoroso escote de bandeja. A cambio de esta figura generosa muchas otras personas pueden dar testimonio realista de haber visto a un cogedor de café reclinado en un arbusto y fumándose un porro con un deleite inmenso antes de seguir la faena con mayores bríos. Esta última imagen es más naturalista.


Todos sabemos pues que quindianidad es querer lo nuestro, defenderlo, apropiarse de nuestros valores y símbolos. Pero si la quindianidad es la palma de cera, los cargadores o silleteros del camino del Quindío, el oro del cacique Calarcá en Peñas Blancas o el tesoro Quimbaya, van a creer que ese concepto se reduce solo a esas formas simbólicas. Por ello es necesario ir adelante: quindianidad es algo más que la historia de la comarca, sus episodios y sus objetos. Entre otras cosas es una cultura moral, que debería ser inculcada en los niños para que entiendan que su papel en este terruño consiste en construirlo a base de esfuerzo, de honradez, y lleno de panoramas futuros donde ellos, los jóvenes, algún día puedan encontrar un puesto bajo el sol.


Dos clases de quindianos
Hace un tiempo se me ocurrió decir, y lo repito, que hay dos clases de quindianos: los abstractos que quieren el Quindío como el que más y se solazan hablando de sus ascendientes aun cuando no le aportan nada la región más allá de sus melindres románticos. Y los quindianos concretos, quienes no solamente aman a su tierra y su región sino que también aportan dinero, crean empresas, construyen edificios, dan empleo y asumen la idea de que es posible ir más allá de las perniciosas costumbres que nos ha venido imponiendo el sistema político local. 


Pero simultáneamente hay también otra clase de conciudadanos: los quindianos cercanos son aquellos que solo piensan en lo que ocurre cerca, a su alrededor, en su entorno; nada existe mucho más allá de su propio ombligo y del café donde toman tinto; añoran las tradiciones, se solazan con que toda vida pasada fue mejor; y veneran especialmente la gastronomía local como la aguapanela, los frijoles y la mazamorra; una coliflor o una cogollo de rúgola son una toxina. Aunque se resisten a escribir en internet, muy a regañadientes saben que esa herramienta es útil aunque no ven necesario usarla de inmediato.


Los quindianos lejanos, en cambio, se allanan a vivir en las vecindades pero miran hacia más allá de los límites políticos. Leen los diarios, escuchan la radio, saben que el mundo se encuentra detrás de la cordillera Central y que las imágenes que hoy nos acosan por los medios de comunicación son el producto de la globalización y un porvenir que no sabemos manejar. Aunque disfrutan de las delicias del clima y de una vida sin apuros como los cercanos, los lejanos no ignoran que los asuntos más importantes de la vida hoy están afuera y que el mundo es, como decía el novelista peruano, “ancho y ajeno”.


En fin, una vez dijo Nodier Botero que el tigre nunca piensa en su tigridad: ¡el tigre salta! Utilizando esta bella metáfora, podemos decir ahora que no debemos pensar en la quindianidad: ¡hagámosla!

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