Ochenta años de un colegio con largo nombre

Antigua sede de la Institución Educativa Liceo  Andino
de la Santísima Trinidad en Filandia  (Quindío).
 Foto de  Claudia Patria Sierra 1995
La denominación más larga de establecimiento escolar alguno -tal vez un récord difícil de superar- es el que tiene este colegio de Filandia. Pocas veces mencionado, por aquello de las apócopes que acortan su designación correcta, ese lugar de enseñanza se llama en la oficialidad la Institución Educativa Liceo Andino de la Santísima Trinidad.  En los últimos años se le conoció como el Liceo Andino, pues así prefirieron llamarlo estudiantes, profesores y padres de familia, aludiendo al que se fundó en 1961 por el diputado a la Asamblea de Caldas, médico Carlos E. Restrepo.

La historia más destacada está unida a las primeras cinco décadas del Colegio, y parte importante de ella también está signada por la edificación que lo vio nacer en 1937, la que se abandonó en 1972, porque se reemplazaba por la nueva, de una planta (donde actualmente está), y que había sido construida por el ICCE, pues entonces era común la versión de que el edificio estaba vetusto y ameritaba nueva sede.  En realidad, ese fue el principio de la agonía de una soberbia construcción, casa fabulosa de tres pisos, que finalmente fue demolida en el año 2006.

El fundador del Colegio de la Santísima Trinidad de Filandia fue un sacerdote visionario que hoy tiene más reconocimiento a su memoria en Pereira y no en el pueblo quindiano donde plasmó esa tenaz iniciativa de educación para el año de su apertura.  El Padre Antonio José Valencia es recordado por obras titánicas en el Viejo Caldas: el estadio de Pereira y el Cristo de Belalcázar (Caldas) son dos de ellas.  Aunque la construcción física de la gran casa de Filandia debiera estar en el historial arquitectónico de Colombia, esa simbólica edificación desapareció, sencillamente porque le faltaron dolientes.  Hoy se le rememora simplemente como FARO, porque en los años ochenta funcionó una sede de la fundación que llevaba ese nombre.

El recuerdo del Padre Valencia, unido a tal aspecto constructivo también se esfumó, aunque la reseña de la época dorada de su regencia nunca se borrará.  En efecto, fue gloriosa la primera etapa histórica.  Así lo atestigua el artículo del periodista Gerardo Uriel Herrera Giraldo en el periódico La Patria de Manizales, publicado el 9 de febrero de 1954:

En Filandia, hermosa población del Quindío, el Padre Antonio José Valencia, que entonces era Párroco allí, fundó en el año de 1937 el Colegio que llamó de “La Santísima Trinidad”.  Esta fundación adquirió bien pronto forma definida y desde sus comienzos aseguró su supervivencia porque rápidamente el Colegio funcionó en edificio propio, amplio, confortable, con completa dotación moderna, que la decisión y tenacidad del Padre Valencia y el pueblo de Filandia le procuraron.  Así erigieron su orgullo y confirmaron la continuación de su tradicional cultura.

El Colegio tuvo su auténtica época de esplendor.  La nómina de profesores y catedráticos no pudo ser más lujosa, para atender a los cinco años de primaria y cuatro primeros de secundaria.  Rector: el propio Padre Valencia.  Directores de grupo: Santiago López, Roberto Toro, Luis Felipe Latorre, Gerardo García, Eufrasio Henao, Gonzalo Giraldo, Pedro García y Ramón Escobar. Como catedráticos estaban: para Fisiología, Biología y Ciencias naturales el médico doctor Jesús Arango Duque.  Para Historia Universal, Historia Patria e Instrucción Cívica, el abogado doctor Jorge Mejía Rivera; para Matemáticas e Idiomas, el ingeniero doctor Gerardo Restrepo; para Contabilidad y otras materias el doctor Braulio López Lozano; para Religión, Literatura, Latín y Filosofía, el presbítero Pastor Londoño; y para Música y Canto, el maestro Jorge Camargo Spolidore”.

Este último cultor mencionado es sólo una muestra del inmenso prestigio de aquel establecimiento educativo.  Porque Camargo Spolidore fue un compositor colombiano que anduvo por todo el país dejando su huella pedagógica y contribuyendo con el acervo de obras musicales. Filandia y el colegio lo acogieron durante algunos años, ya que había ocupado el cargo de director de la Banda de la época, además de destacarse como eximio pianista.

El historial del colegio incluye la existencia de internado, pues estudiaban jóvenes que llegaban de municipios de Caldas y otros departamentos de Colombia. Se conformaron a su amparo dos equipos deportivos de fútbol, el “Cóndor” y el “Águila Negra” que tenían como escenario para sus entrenamientos el campo de deportes que estaba a una cuadra de sus instalaciones y que fue considerado como el mejor del departamento, después del estadio de Manizales. Los equipos cosecharon éxitos departamentales. También fueron famosas las sesiones de gimnasia y los espectáculos que ofrecían a las excursiones y visitantes que llegaban a Filandia, gracias a su inolvidable “banda de guerra”.

El género teatral fue otro de sus méritos, lo mismo que las funciones culturales donde brillaron declamadores, conjuntos musicales y oradores.  No se podrán esperar resultados diferentes si se tenía en cuenta la calidad académica de sus profesores.  Terminando cuarto año de bachillerato, los estudiantes debían viajar a Manizales, donde muchos se destacaron en el Instituto Universitario, dando alto prestigio a la formación recibida en provincia. Se reseña que, ante el alto grado académico de su instrucción, el ministro de Educación Jorge Eliécer Gaitán visitó el Colegio, aprovechando su estancia en el municipio vecino de Circasia, donde había conocido las instalaciones del recién creado Cementerio Libre.

Pero la época de grandeza pasó, luego del traslado que se hiciera al Padre Valencia hasta el municipio de Belalcázar, donde pudo levantar su obra insigne, el Monumento a Cristo Rey.  Desde su llegada, en 1948, gestionó este monumento, que sigue siendo hoy el más alto del Eje Cafetero. Cuando se concluyó en 1954, con una inversión total de $300.000, su altura alcanzó 47 metros. Para subir a la parte más alta se ascienden 164 escaleras y desde la cabeza del Cristo se observan seis departamentos, sus municipios y los picos montañosos y nevados.

Con la ausencia del Padre Valencia, el Colegio entró en un letargo de varios años, hasta que llegó un nuevo director, el educador Santiago López Sánchez, siendo su lema de operación pedagógica la frase “Formación intelectual y moral en Jesucristo”.  Ya en la década de los años setenta, el colegio generó sus primeros egresados bachilleres y se gestó un evento inolvidable, el Festival de la Canción Moderna, cuyo impulsor fue el docente Héctor Ramírez. En la década de los ochenta, cuando el colegio cumplió 50 años de existencia, apareció un periódico escolar, del cual se emitían 400 ejemplares y que era organizado de manera literaria y de prosa fina por su bibliotecario Jaime Naranjo Orrego. Ya en su biblioteca reposaban libros de autores filandeños y llevaba el nombre de uno de ellos, Jesús Rincón y Serna, el autor del más largo poema a Bolívar, titulado “La Bolivaríada”.

Nunca se olvidará un detalle arquitectónico de su construcción antigua, el ático del tercer piso, que era destinado para los estudiantes que cursaban quinto o sexto de bachillerato.

El Colegio, en el siglo XXI, es sólo recuerdo de su actividad académica del pasado.  Del gran nombre, hoy se le conoce simplemente como el LICEO, por mayor brevedad en su denominación, pero también en la consideración de importancia.  Necesitará recuperar sus bríos en la etapa de cuatro lustros que le esperan para celebrar su centenario.             
Por Roberto Restrepo Ramírez - Miembro de Número de la Academia de Historia del Quindío.

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