Arquitectura tradicional del Quindío:
De la caracterización antigua a la falsedad de su estructura actual

Calle céntrica de Filandia en los años sesenta
Artículo de Roberto Restrepo Ramírez, miembro de la Academia de Historia del Quindío, publicado por el diario La Crónica del Quindío el 12 de julio de 2015

Es incomprensible el grado de insensibilidad oficial y ciudadana frente al patrimonio del Paisaje Cultural Cafetero de Colombia.
Cumplidos cuatro años desde el momento de su inclusión en la lista de patrimonio de la humanidad, ello no han servido para sembrar aunque sea la semilla de la preservación. A ello hay que añadirle 11 años más de acción en contra de las tradiciones culturales, ya que desde el 2000 comenzó el proceso de candidatura de este bien ante dicho organismo competente de las Naciones Unidas.


El derrumbe del patrimonio

El siguiente es un historial de atentados a los bienes culturales arquitectónicos, solo en cuanto respecta al Quindío, desde el año 1999. Con motivo del terremoto se averiaron muchas casas de bahareque de los municipios. Esto ocurrió debido a la falta de mantenimiento de tejados de barro y estructuras maderables y de guadua.  Pero lo más lamentable de esta tipología arquitectónica tradicional, única en el mundo, fue el caso de Calarcá, donde su conjunto histórico del centro municipal había sido declarado patrimonio histórico y artístico de Colombia por el entonces Instituto Colombiano de Cultura (Colcultura) en 1986.

A estas casas, la mayoría de ellas en buen estado de conservación, solo se les corrió la teja de barro. Como un acto de mala fe de muchos propietarios, no se recolocó su cubierta y, a la intemperie, sus paredes se humedecieron y pudrieron.  Meses después, no hubo otra solución que ordenar su demolición. Era evidente que no se pretendían salvar los testimonios amparados por la declaratoria, ya que sus dueños nunca habían estado de acuerdo con ella (hoy tampoco lo están). Los ciudadanos perseguían reemplazar por construcciones nuevas de varios pisos. Por supuesto la oficina de Planeación Municipal no podía autorizar los nuevos proyectos. 
Después del desastre, la disculpa para desaparecer muchas casas tradicionales fue la constante, al considerarlas “ranchos viejos”. Lo mismo ocurrió con dos construcciones monumentales que eran patrimonio de la nación: la plaza de mercado de Armenia y el hospital La Misericordia de Calarcá. En la capital del Quindío, se fueron  el castillo de Getsemaní y las últimas casas de bahareque de la carrera 13  y no valieron los ruegos de arquitectos y patrimonialistas que abogaban por su permanencia.
El caso de los municipios no fue distinto: el corregimiento de Barcelona, Pijao, Buenavista y Córdoba, vieron caer sus casas simbólicas de los primeros años de fundación, aunque algunas no ameritaban, igual que Calarcá, su demolición. Pero ganó el pretexto de un cambio infraestructural hacia el progreso, disculpa perfecta que además justificaba la inversión proveniente de cientos de subsidios entregados por el Fondo de la Reconstrucción (Forec) a los propietarios.
En otros como Circasia, Filandia y Salento, debido al gasto que debía respaldarse a partir del subsidio de $8.000.000.oo de pesos por familia damnificada, se hicieron refacciones y cambios en casa centenarias, que no se necesitaban.  Lo que más sufrió fue un elemento constructivo único de esta región, la tapia pisada. En Filandia, por ejemplo, se conoció el caso de una casa del marco de la plaza principal, en la cual se reemplazó la tapia del primer piso por cemento. O la intervención de la denominada Casa del Artesano, donde debió aclarársele a los ingenieros intervinientes que no podían destruir el paredón centenario del primer piso, que finalmente se conservó tras un vidrio, para que lo admiren los visitantes.


La transformación de los interiores

Entre 2001 y 2004 se dio un relativo suspenso de las acciones destructoras del patrimonio arquitectónico, aunque comenzó la transformación de los interiores de las casas de Salento, por cuenta del naciente turismo. Mientras tanto el trámite de Unesco seguía su curso en Paris, considerando los expertos que algo tan importante como lo eran estas viviendas, debían tenerse en cuenta desde la integralidad del patrimonio.

Se van las casas viejas
Entre 2005 y 2006 comenzó de nuevo un tiempo de nuevas demoliciones: El antiguo Colegio de la Santísima Trinidad de Filandia, construcción de tres pisos que hoy podría ser referente del turismo cultural. El Café América, también en Filandia, donde se habían gravado escenas de “Café con aroma de mujer”. La casa del parque Los Aborígenes de Armenia que contaba con la única entrada para caballeriza. La casa de La Mariela que había sido mencionada en tratados de patrimonio cafetero, como el libro de Néstor Tobón Botero. La hacienda Normandía, cerca del peaje de la autopista del Café, destruida por la búsqueda de un ilusorio tesoro. Y muchas otras que se escapan al registro.
Los años subsiguientes tuvieron la misma dinámica. Sucumbieron andenes y calles empedradas, tramos y pontones de la vía férrea y se dio con rapidez la transformación de los espacios de caficultura en la casa rural, como fueron las elvas y los beneficiaderos para el grano. Mientras tanto se seguía hablando de la importancia del proyectado Paisaje Cultural Cafetero. 
En 2009, sucedió algo inesperado en Salento: se destruyó una de las casas de la Calle Real, para levantarla con segunda planta, dañando así la armonía bien pensada por los primeros constructores. 


Sin embargo, somos patrimonio

Lo más irónico sucedió después de junio de 2011, la inclusión del PCC  en la lista de patrimonio mundial. En agosto,  dos meses después, fue demolida la casa de los López en la calle del convento de Filandia, que tenía una de las puertas de comedor más bellas. Dos años después desaparecieron la casa del Cedazo, y la casa Quinta de los Uribe en la avenida Bolívar de Armenia. En Quimbaya se descuidó la única casa de tres pisos en la esquina de la plazoleta de la antigua estación del tren. En Salento se destruyó la famosa casa de la “escalera de tijera”. Esto y mucho más solo indicaba que no se había entendido el valor considerado por la  Unesco, que tiene para el Paisaje Cultural Cafetero de Colombia la consideración de un atributo en ese sentido.


Y sigue el daño

En el año que transcurre 2015, no para la escalada de daños: demolición de casas de bahareque en Montenegro, grave lesión  al patrimonio arquitectónico, si tenemos en cuenta que el casco urbano de esta municipalidad quedó comprendido en el área urbana delimitada por el PCC. La destrucción de la casa centenaria contigua al templo María Inmaculada de Filandia, cuyo muro de cemento nuevo, contiguo al templo, finalmente afectó a este monumento religioso. Pues una de sus columnas de madera barcino se rajó poniendo en peligro el resto de la estructura. También en Filandia, la destrucción de los espacios internos  de la casa más antigua del marco de la plaza, de 116 años de antigüedad, siguiendo la tradición de Salento, en aras de la funcionalidad del turismo. Todo esto se hace ignorando respeto por las normas y hasta por las declaratorias nacionales, porque en Calarcá ha ganado terreno el desplome de las casas que estaban amparadas por esa providencia.


Un patrimonio falseado

Otros elementos que desfiguran el patrimonio y lo falsean son: el cambio de color de sus fachadas y los nuevos balcones. Se ignoró la tradición histórica que nos mostraba la pintura en tonos pastel, así como la monocromía. Hoy vemos con gracia que imperan varios colores lo que alguien ha llamado con certeza el nacimiento de una “barbietectura” del Quindío. Todos los días hay más balcones coloniales que han ido reemplazando los tradicionales “falsos balcones” o “balcones ausentes” que nos legaron los abuelos y carpinteros. Con razón muchos funcionarios o alcaldes hablan sin conocimiento de causa de la arquitectura colonial del Quindío, en vez del nombre correcto que es de  la colonización.  

Ante el panorama tan desolador, parece que sólo persistirán las formas arquitectónicas vernáculas en Génova y Pijao. En el primero, el terremoto no afectó tanto sus casas, mientras que en el segundo, el valor civil de la única persona que ha entendido el sentido cultural del turismo, Mónica Flórez, está sembrando la semilla de la apropiación social del patrimonio arquitectónico, lo único que nos permitirá conservarlo.

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