21 de diciembre de 2013

La guaca de Fachadas

Filandia (Quindío) hace parte de estas
leyendas de tesoros encantados

Álvaro Hernando Camargo Bonilla. Miembro de la Academia de Historia del Quindío. Publicado en el Diario La Crónica, 25 de noviembre de 2012

Aventureros errantes empujados por las guerras y las necesidades llegaron a las tierras de la hoya del Quindío en busca del oro de las guacas quimbayas. Pasión febril que se consolaba por los golpes de suerte al descubrir tesoros que permitieran salir de la penuria.

Filandia hace parte de estas leyendas de tesoros encantados. En la vereda Fachadas, territorio antiguamente habitado por los Quimbayas, se relata la leyenda de que se encuentra un tesoro encantado y que, pese a las persistentes búsquedas, no lo han podido descubrir.
En efecto, allá por los años ochenta del siglo XX, hechizado por la práctica guaquera e ilusionado en un golpe de suerte al obtener el tesoro encantado de Fachadas, falleció Eduardo Suaza en su intento de profanar el sepulcro indígena. 

Cuentan que el Suaza descendió a la guaca por una estrecha boca del túnel de entrada, siguió por este al través una serie de amplios salones conectados por estrechos pasadizos. Hipnotizado por su búsqueda, prosiguió sin ningún equipo de protección, solamente acompañado por la débil luz de una esperma, cuya llama ayudó a consumir el poco oxígeno disponible; al faltarle este, Suaza se sintió ahogado, intentó buscar la salida, pero ya en la oscuridad no la localizó.

Afuera, sus compañeros de aventura gritaban a viva voz el nombre de Eduardo, esperanzados en obtener respuesta; no obstante, como resultaron infructuosos sus intentos, entraron en pánico pero no quisieron entrar tras el rastro de su compañero por físico miedo. Entonces pidieron la ayuda del Cuerpo de Bomberos de Filandia y Montenegro, los cuales acudieron al lugar para tratar de rescatar al valeroso guaquero. Uno de los bomberos se introdujo al agujero para rescatar al buscador de guacas y corrió la misma suerte de Suaza: se perdió en el boquete. 

La situación se complicó a tal punto que el suceso trascendió la comarca y el acontecimiento pasó a ser noticia nacional e internacional. Entonces llegaron muchas gentes, procedentes de países como Brasil, Estados Unidos, Canadá, Panamá, Venezuela, atraídos más por la fiebre del oro que por el rescate del guaquero; aparecieron con aparatos sofisticados y modernos a intentar sacar el tesoro. Solo trascurridos 21 días de haber acaecido el evento, rescataron el cuerpo de Eduardo Suaza, salvado por un bombero de Filandia apodado Pezuña, y de apellido Castañeda.

Suaza fue rescatado completamente empantanado y descompuesto; su cuerpo presentaba una coloración verde a causa del prolongado tiempo de permanencia en la guaca y los rigores de la humedad; de allí fue conducido en el carro del cuerpo de bomberos a la morgue ubicada en el cementerio de Filandia para la respectiva necropsia.

El sitio de la excavación se convirtió en lugar de romería. Enjambres de curiosos y guaqueros, contagiados por la fiebre de los tesoros, con las precauciones del caso trataron de acceder a la caverna, pero tuvieron que desistir del intento al momento de alcanzar el quinto salón de la guaca. La razón es que se apagaban las linternas y se atoraban los tanques de oxígeno que se llevan al lugar. Por lo tanto se ha diseminado el rumor de que este es un tesoro encantado porque nadie ha sido capaz de llegar a él. 

De esta historia real, y de muchas otras, se nutrieron las leyendas de los guaqueros que llegaron al Quindío donde aun hay algunos esperanzados en sacarse la lotería con una tumba indígena bien provista.

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