El río corre hacia atrás, de Benjamín Baena Hoyos.
La novela de la colonización del Quindío


Por: Carlos A. Castrillón (Miembro de la Academia de Historia del Quindío)
Texto leído en el acto de presentación de la segunda edición de la novela El río corre hacia atrás, de Benjamín Baena Hoyos (Manizales: Hoyos Editores, 2007).
Museo Quimbaya, Armenia, noviembre 8 de 2007

En el Quindío, desde su existencia como parte de una región más vasta (el Gran Caldas) hasta su constitución como entidad político-administrativa, la historia ha sido escrita desde una perspectiva que trata de conservar el tono épico y la mistificación de hechos, personajes y circunstancias históricas. Este tipo de historia, que se escribe desde los centros de poder cultural, ha impedido el reconocimiento de los diversos factores que influyen en la conformación de la cultura regional, limitándose a la reproducción de tópicos tales como la gesta colonizadora, la altura de miras de quienes la agenciaron, la supremacía de la influencia antioqueña y el desarrollo pacífico de la colonización.

Algunos estudiosos han propuesto, desde las investigaciones académicas, la imposibilidad de sostener tales tópicos. Se ha demostrado, por ejemplo, que la colonización del Quindío fue motivada por poderosos factores económicos, que la influencia caucana y cundiboyacense fue importante, que los procesos de población se produjeron no sin conflicto y que todo ello es causa de la distribución desigual de la posesión de la tierra, a partir de la cual se generaron las fuerzas de poder en un esquema semifeudal que aún subsiste. Así lo plantean los análisis de Jaime Lopera, las interpretaciones sociohistóricas de Carlos Miguel Ortiz y Jaime José Grisales y los apuntes históricos de Albeiro Valencia. Lopera (2005: 120) afirma que la visión mitológica puede entenderse en el Quindío como “una extensión de la poesía o como diferente interpretación de los materiales históricos” y Ortiz (1985: 33) señala al respecto que el “movimiento migratorio ni ha nacido por azar, ni ha sido un puro brote romántico o aventurero al que puede reducirse mistificándolo, ni es el puro fruto de una raza especial o de una especial ‘sicología’ […] sino que ante todo ha resultado de condiciones muy concretas y de contradicciones sociales resultantes del proceso histórico-social nacional y regional”.
Al margen de ese proceso de sustentación de una cultura monovalente, surgieron la crónica y la novela como testimonio de una realidad rica y compleja. Los novelistas proponen una historia paralela que da cuenta de las realidades más cotidianas y perecederas, en contacto con procesos que trascienden los registros históricos y nos sitúan en el reverso de la historia más difundida. De ese modo, las novelas sobre la colonización del Quindío permiten releer la historia regional desde una perspectiva más rica en matices, menos heroica y como punto de discusión sobre la cultura en la cual se insertan.

En toda mirada a la Historia hay una interpretación y una subjetividad en conflicto con la verdad; se “cuestiona constantemente la posibilidad de ganar una visión unificada y permanente del mundo” (Souza, 1988: 59)). Los narradores revaloran lo intrahistórico: la visión de la historia en el nivel de lo humano, la forma como “cada acontecimiento puede disolverse en un sinfín de momentos psíquicos individuales” (Sklodowska, 1990: 159).

En la novela y en la crónica se cuestiona el concepto de Historia como la relación de un conjunto de hechos relevantes que tienden a un progreso continuo, o por lo menos a un cambio efectivo. Es la historia personal, cribada por la subjetividad lúcida y contradictoria, cercada de intuiciones y momentos alucinantes, la que interesa al autor, más que la grandeza que le sobreviene al personaje por su inclusión circunstancial en los momentos históricos. El autor suele suplir con magia e imaginación lo eternamente inexplicable de la historia. 

Se abre paso a la polifonía del pasado visto en y desde el presente, al juego de perspectivas que permite la conjugación de visiones y la confusión consciente de ese juego en la recreación. El presente gravita sobre el pasado, le da peso y sentido, lo muestra en su irrisión y en sus llagas palpitantes. La imaginación histórica llena los vacíos del pasado para comprenderlo y humanizarlo. Las novelas que replantean la historia se enriquecen con un rasgo adicional, compartido con la tradición popular: el reto de la literatura a los mitos de la historiografía.

En la narrativa sobre la colonización del Quindío esto es evidente en El río corre hacia atrás, del escritor pereirano Benjamín Baena Hoyos. En el conjunto de frases sentenciosas que recoge la novela de Baena Hoyos hay una que destaca porque define bien el propósito de la historia narrada, el marco general de las acciones y el lamento constante del narrador: “Antes de la guerra el pueblo no tenía historia”, dice al inicio del capítulo V, con lo que se rompe el idilio del mundo que descubren los personajes y aparece el conflicto como acicate de una sociedad que trabajosamente se consolida. La guerra conecta por fin la historia regional, limitada a la briega diaria, con la tragedia nacional, determinada por poderosas fuerzas sociales ante las cuales el individuo sucumbe. El idilio ya se vive a saltos, roto por la guerra y los afanes del poder, por las persecuciones de la Concesión Burila y las pasiones humanas.

Esta novela es, según Ocampo Marín (2001: 9), “la más vigorosa y técnicamente hilada novela” de la colonización de la Hoya del Quindío. Terminada al parecer hacia 1960 y publicada en 1980, en la obra de Baena Hoyos, al contrario de lo que ocurre en Hombres trasplantados, de Jaime Buitrago, que mantiene cierta visión idílica y más apego a los documentos históricos, los personajes alcanzan a configurar un universo de sueños, pasiones y conflictos, con la tierra como objetivo y el contexto de la guerra y la injusticia como marco histórico. En esta dimensión, la reconstrucción de las vidas de los colonos, sus familias, su papel histórico y su cotidianidad, es el sustrato argumental para la dimensión humana en una verdadera acción histórica de grandes proporciones. En palabras de la investigadora Cecilia Caicedo (1988), Baena Hoyos “fusiona realidad y ficción y al retratar un momento histórico […] usa el lenguaje literario y la capacidad creadora del artista para transformar un episodio real –parte de un proceso histórico- en una composición literaria”. Y es precisamente la sujeción de lo histórico a lo novelesco lo que asegura el futuro de El río corre hacia atrás como novela y hace provechosa su lectura para la comprensión de lo histórico.

La empresa colonizadora es el tema de la novela, pero su hilo argumental y su perspectiva van de la mano de los primeros pobladores, seres humanos que sobreviven al entorno y a la infamia, con lo que sus inusitadas hazañas y la epicidad del esfuerzo colectivo adquieren un rostro más familiar y típicamente novelesco. En medio de un paisaje virgen y abrumador y con los ecos de la guerra lejana que irrumpe de pronto en medio del solar recién abierto, el esfuerzo individual adquiere tonos trágicos; Severiano y Rosana, Nicanor y Carmelina luchan, viven y sucumben en la construcción de un destino individual que no depende sólo de ellos pero al cual se aferran, física y simbólicamente. En el primer capítulo, cuando Severiano y Rosana entierran a su hijo junto a un árbol, un “parasiempre”, vencido el primer gran obstáculo que la naturaleza les presenta, están marcando un camino que impide el retorno y los liga de modo definitivo a la tierra que desean. El río Quindío, impetuoso como ellos mismos, es testigo del primer dolor y la primera esperanza. Es bella la manera como Severiano lo encuentra de pronto después de haberlo soñado tantas veces: “Fue entonces como un raudal de palabras obstinadas: río Quindío, río Quindío. Para él eran raíces cabalgando como jinetes desnudos sobre los rápidos; troncos sin corteza como de ceniza bailando entre los turbiones oscuros y la furia de los gajos azotando sin descanso la barranca bermeja de las orillas. Él lo había visto casi de la misma manera a fuerza de imaginar. En la realidad se le parecía al suyo, pero éste tenía más hondura, más caudal, más rostro de río”.

El hijo muerto a las puertas de la nueva tierra y enterrado junto al “parasiempre” es un tributo y un poderoso símbolo que cierra un mundo y abre otro, tanto en el argumento como en el plano de significación que sustenta la metáfora de la novela. La tierra ata y rinde la voluntad del hombre, aquieta las pasiones y hace crecer un vínculo que sólo la muerte puede romper. La tierra es mágica, es maternal y cierta, pero esa certidumbre es, al mismo tiempo, generadora de conflictos porque llama a la posesión y todo lo que ella implica para sostenerla. La tierra atrae y promete, llama a echar raíces. Una visión telúrica envuelve todo el universo narrativo con bella poesía (“poesía del paisaje”, la llamó Héctor Ocampo Marín). La tierra lo es todo y a ella se dedican las mejores imágenes de esta novela llena de poesía. Como lo afirma Rosana en la aceptación de su destino, “nací para ser parte de la tierra y la tierra me agrada”; por eso su cuerpo adolescente es “tierra sin labrar” que espera al varón. Los hombres son como árboles, “vegetales duros, animales laboriosos”, enraizados de modo tan alucinante que por la tierra mueren cuando pierden contacto con ella. Las mujeres, que cumplen en esta novela el papel de catalizadoras de lo emocional, son tierra también, germinadora y raizal.

Al perseguir el sueño de la tierra los personajes van adquiriendo consistencia, pero el recorrido no está orientado a la culminación porque, como lo dice el narrador, siempre hay que dejar algo que sirva como estímulo del deseo, “la casa inconclusa, para seguir sosteniendo un afán. Porque en toda obra llevada a cabo totalmente, el hombre acaba por enterrar el cadáver de un sueño”.

Por eso la tragedia máxima es el despojo, que rompe las ataduras y cierra el círculo de lo inconcluso. Los engaños de la Concesión Burila, sus presiones, trampas y saboteos, se presentan como el verdadero enemigo cuando la tierra ya ha sido dominada. La presencia de Burila, común a toda la narrativa sobre la colonización del Quindío, sitúa a los colonos en medio del juego de intereses y la infamia, con lo que las coordenadas narrativas de la novela se trasladan a otra instancia, para la cual el simbolismo de la tierra ya no es suficiente y contra la cual la poesía de la palabra ya no tiene argumentos. Fundada en Manizales en 1884, con el propósito de reclamar tierras al amparo de viejas cédulas reales, la Concesión Burila y sus agentes, confundidos con los del Estado, que atendía precariamente las necesidades de los primeros pobladores, ha sido objeto de amplia discusión en la historia regional; sin embargo, en la novela de Baena Hoyos La Burila, como la llaman todos, adquiere rostro fantasmal en la pesadilla colectiva y su nombre, como el de temida maldición o desconocida peste, es pronunciado con recelo. Con la aparición de La Burila la naturaleza desaparece como obstáculo y se convierte en aliada del deseo contra esa otra fuerza desprovista de poesía, de certeza, de permanencia.

En esas dos instancias de la lucha (contra la naturaleza, contra La Burila), lo más notable en El río corre hacia atrás es el equilibrio entre la circunstancia histórica y el mundo individual, entre ser sujeto de poderosas fuerzas sociales y la necesidad de desarrollar una vida personal y familiar. Como novela histórica, El río corre hacia atrás busca dar sentido a los acontecimientos desde la perspectiva de los sujetos que forjaron una historia y la padecieron. Como lo demuestra Nodier Botero en su análisis de la novela (2003: 140), “la obra es de gran categoría estructural, con sus cuadros de costumbres, sus acciones, sus personajes y el suspenso debidamente balanceados”.

La evidente capacidad narrativa del autor, su dominio del lenguaje y el uso de diversos procedimientos para el desarrollo del argumento, hacen que todo el simbolismo alrededor de la tierra se consolide. Los personajes, “débiles briznas en el vórtice del entramado total” como los define Nodier Botero (2003: 166), son bellamente descritos por Gustavo Colorado Grisales (2007): “Los que habitan la novela de Baena Hoyos son seres humanos ambiguos y contradictorios anclados en la encrucijada de un destino personal y colectivo del que apenas pueden ser dueños a ratos: cuando escuchan la tonada de un tiple, al disfrutar el aroma del sancocho hirviendo en la cocina, cuando acarician el lomo de un perro o al presentir la respiración de la mujer amada en la habitación contigua”.

En el año 2003 Nodier Botero y Yolanda Muñoz proponían la lectura de El río crece hacia atrás como ejercicio de acercamiento a la historia regional desde la mejor novela sobre el tema, lo que ahora la segunda edición del libro hará posible. En su propuesta didáctica, Botero y Muñoz hacen un inventario de los tipos humanos que pueblan la novela, casi todos con una historia inconclusa, como de tránsito por un momento de la historia de un grupo social en permanente agitación. La variedad de esos tipos es la variedad misma de los pobladores de la región y de quienes se agregaban a ella atraídos por datos y leyendas sobre la riqueza que encerraba, por la quimera del oro y el mito de la mano mágica que empujaba la cosecha. Deseo terminar este comentario leyendo el listado de prototipos, como muestra del valor de la obra de Baena Hoyos:

Severiano y Rosana, “los pobres campesinos que llegan desahuciados por el agotamiento de la tierra” en Antioquia.
El padre Casafú, “aventurero seducido por la pasión del oro”.
Paulino Hernández, “el delincuente que encuentra cabal refugio en tierras inhóspitas”.
Joaquín Ricardo Baena, “el recio arriero y gran capitán que conduce recuas de mulas por difíciles caminos de la cordillera”.
Jesús María Ocampo, “el patriarca voluntarioso cuya capacidad creativa se expresa en la gesta fundacional”.
Nicanor López, “el colonizador que con su familia a cuestas pretende encontrar nicho seguro para su vida futura y termina víctima del expolio de su tierra”.
El coronel Rodríguez, “combatiente de guerras libradas en otras latitudes”.
El Mocho Estrada, “contrabandista de licores”.
Gonzalo Madrigal, “el buhonero en ascenso con su morral de baratijas”.
Alejandro Botero, “el agrimensor enviado de Manizales para ayudar en la función de despojo de la tierra”.
Fortunito García, “el hombre humilde sin procedencia conocida y que sirve de amigo de todos”.
El negro Sandalio, “exconvicto y bandolero”.
Puno Bahos, “jugador de gallos”.
Juan Mena, “el guaquero que perece en la faena”.

“En fin, los cultivadores víctimas del despojo, las autoridades con su fuerza disuasiva puesta al servicio del poder político y económico, el leguleyo que arma la trampa jurídica, el sacerdote en función de guía espiritual, las mujeres abnegadas en condición de esposas, madres y pilares de precarias unidades familiares, el alcalde, el funcionario menor, el talabartero, el maestro de escuela, el médico, el estanquero” (Botero & Muñoz, 2003: 167-168).

Cuando en el último capítulo de la novela la acción vindicativa del pueblo termina con la muerte del coronel Rodríguez, rostro visible de La Burila, a manos de Desiderio, el simbolismo se completa en los nombres de los dos hermanos. Desiderio, agente del deseo colectivo, el que ha despreciado la tierra por dedicarse a la guaquería, el que ha profanado lo que la tierra guarda como tesoro, venga la muerte de Nicanor, hombre ahora libre, quien sucumbió al despojo de La Burila, se secó como árbol sin raíces y muerto vuelve a la tierra.

Bibliografía

Baena Hoyos, Benjamín (1980). El río corre hacia atrás. Bogotá: Carlos Valencia Editores.
Botero, Nodier y Muñoz, Yolanda (2003). La narrativa del Quindío. Armenia: Editorial Universitaria de Colombia.
Caicedo, Cecilia (1988). Literatura risaraldense. Pereira: Colección Autores Pereiranos. Volumen 6.
Castrillón, Carlos A. (1998). La reescritura de la historia. Manizales: Universidad de Caldas.
Colorado Grisales, Gustavo (2007). “Hombres en tránsito”. Papel Salmón, La Patria. Manizales.
García, Andrés Felipe (2002). Testimonios para una historia del Quindío en su literatura. Bogotá.
Grisales, Jaime José (1989). “La conformación de la Región Quindiana”. Huella Centenaria. Bogotá: Publicaciones de la Cámara de Representantes.
Lopera Gutiérrez, Jaime (2005). La colonización del Quindío. Apuntes para una monografía del Quindío y Calarcá. 2ª edición. Calarcá: Concejo Municipal.
Ocampo Marín. Héctor (2001). Breve historia de la literatura del Quindío. Bogotá: Edición del autor.
Ortiz, Carlos Miguel (1985). Elementos para la interpretación de la colonización quindiana. Armenia: Universidad del Quindío, Centro de Investigaciones.
Sklodowska, Elzbieta (1990). “El Mundo Alucinante: Historia y ficción”. En: Hernández-Miyares, J. y Rozencvaig, P. eds. Reinaldo Arenas: Alucinaciones, fantasías y realidad. Glenview: Scott, Foresman / Montesinos.
Souza, Raymond D. (1988). La Historia en la Novela Hispanoamericana Moderna. Bogotá: Tercer Mundo.
Valencia Zapata, Alfonso (1960). Quindío histórico. Armenia: Quingráficas.
Valencia, Albeiro (1985). Peculiaridades del proceso de colonización y diferenciación social de los colonos del Gran Caldas. V Congreso de Historia de Colombia, Universidad del Quindío.






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