Crónica sobre el tesoro de los quimbaya

Roberto Restrepo Ramírez (Miembro de la Academia de Historia del Quindío)
20 de noviembre de 2009
UN LEGADO HISTÓRICO Y CULTURAL DEL QUINDÍO DE IMPONDERABLE VALOR DOCUMENTAL Y ARQUEOLÓGICO.

Uno de los imaginarios de la conquista llevó a la fundación de la urbe que hoy es la capital de Colombia. Ese hito histórico se conoció como El Dorado y se convirtió en una obsesión, que incluso llegó a la región del Quindío en la época de la colonización, cuando cientos de guaqueros, atraídos por el oro, pisaron los nuevos destinos en búsqueda de la “tierra de promisión”. Transcurrían las dos últimas décadas del siglo XIX y en las nuevas instalaciones se horadaban las superficies aledañas a los recientes fundos con la esperanza de encontrar el preciado metal

Los quindianos llevamos la marca cultural y el acontecimiento histórico signado por lo que se ha denominado la guaquería, en nuestra imagen de novel quindianidad. Porque no es posible desligarnos de tal consideración, decimos con gracia que “todos llevamos un guaquero adentro”. Ningún momento de ese proceso fundacional estuvo exento de la noticia de un hallazgo, que se difundía por todas partes a través de la comunicación rudimentaria de aquella época y que incluso se convertía en leyenda. De tales registros históricos nos quedan, por ejemplo, la del “Tesoro de Pipintà” o la laguna de Maravelez, para citar las más conocidas. Pero un evento, sobre todo, comenzaría a construir la historia de un Quindío desde el pretérito de las culturas prehispánicas: se llamó entonces El Tesoro de los Quimbayas.

Los hallazgos del Tesoro

Ello consistió en el hallazgo, y posterior obsequio a España, de más de 200 piezas arqueológicas de oro y un número indeterminado de cerámica y líticos en dos tumbas prehispánicas del Quindío. Como pasa hoy en Colombia - y pronto en el mundo entero- la noticia se renueva, ya con un sentimiento patriótico, ya con un sentido de soberanía, ya con la nostalgia que retrotrae el recuerdo de la conquista y que ha llevado a todos a asumir un papel en la tarea de reconocimiento de valores de Colombia amerindia.

Hoy se comenta en el país sobre la posibilidad de recuperar las 122 piezas del denominado “Tesoro de los Quimbayas”, a raíz de una acción popular que instauró un ciudadano y que ha fallado a favor de la causa de patrimonio cultural e histórico que es eso, en esencia, para todos los colombianos. Como en 1890, cuando se hizo el maravilloso descubrimiento en un paraje de la recién fundada Filandia, hoy es nuevamente la noticia que llama la atención. Por esta razón, consideramos necesario hacer un recuento de dicho acontecimiento, desde puntos de vista que no se han tenido en cuenta y que deben ser conocidos por la opinión pública.

Comenzamos con el fundamento que hoy tiene al “Tesoro de los Quimbayas” en boca de todos los colombianos. Se remonta al renacimiento organizativo de la Academia de Historia del Quindío, cuando esta entidad retomó la bandera de su recuperación y, con otras instancias ciudadanas del departamento del Quindío, la ha defendido. Su presidente, el ex-gobernador. Jaime Lopera Gutiérrez, ha vivido y liderado ese proceso, que hoy lo congratula, lo mismo que al resto de académicos, luego de conocer la sentencia proferida por el Juzgado 23 Administrativo del Circuito de Bogotá, del 4 de septiembre, y que La Crónica del Quindío difundió el pasado martes 17 de noviembre.


Una muestra de quindianidad

El Tesoro de los Quimbayas es para los quindianos una de las más destacadas posturas de quindianidad. Se nos refuerza el sentido de pertenencia a esta tierra del Quindío, cuando recordamos el pasado prehispánico que constituyó su escenario de creación. La mejor referencia visual sobre la riqueza cultural de ese legado orfebre, la encontramos en el Museo del Oro Quimbaya del Banco de la Republica de Armenia, en el extremo occidental de la primera sala de exhibición. Allí se presenta no sólo la reseña histórica de su hallazgo y posterior destino, sino la referencia fotográfica de varios poporos antropomorfos que componen la colección, la cual reposa hoy en las bóvedas del Museo de América de la capital española. También se destacan las fotografías antiguas de las piezas de orfebrería tomadas días después de su hallazgo.

El “Tesoro de los Quimbayas” es también recuerdo de la gran mayoría de los habitantes de esta tierra que vivieron en los albores del siglo XX. Los pobladores del municipio de Filandia, cabecera a la que pertenecía el paraje “La Soledad”, donde se descubrió, hacían referencias al impacto que tal hecho produjo en aquella época. Mi padre me contaba la historia del abuelo Luis María, quien en sus gestas de guaquería acomodaba y se inventaba un protagonismo personal en la participación de dicho hallazgo. Se volvió tan popular aquella noticia, enriquecida por la fantasía popular resultante de la belleza estilística de las piezas, que todos aseguraban haberlas conocido.

Los guaqueros y sus leyendas

Pero la más trascendente y resonada crónica provincial de las primeras décadas del siglo XX la constituyó un protagonista verídico de aquellas guaquerías. Se conocía como “Casafú” y de él asegura la tradición oral que había participado en la profanación de las dos bóvedas inmensas donde se encontraron las piezas de oro con un número indeterminado de objetos cerámicos. Se cuenta igualmente que “Casafú” destinó parte de ese “tesoro” para el recién levantado templo parroquial de Filandia, donando piezas de oro, como era usual para una recurrente causa benéfica religiosa. El párroco de la época hizo fundir el oro, que luego se incorporó a las campanas nuevas. No pocos aseguran que, durante algunos años, el repicar de aquel tañido era el más bello de la región, hasta que pronto desaparecieron las campanas en un robo del cual no se tiene mayor información.

Esta referencia popular corrobora la dimensión de tal guaquería.  Como lo confirma el historiador Pablo Gamboa Hinestrosa en la mejor obra escrita sobre sus características (“El tesoro de los Quimbayas”, Editorial Planeta, Primera Edición, Bogotá, 2002), en su capítulo titulado “Filandia y los tesoros de La Soledad” (pág. 124), el número de piezas de oro tuvo que ser superior a las 122 que hoy reposan en el exterior. Esto escribe en el libro
“Originalmente, esta doble ofrenda funeraria contenía orfebrería, cerámica y cuentas de piedra. La orfebrería constaba de una gran cantidad y variedad de obras de carácter ceremonial o suntuario: estatuillas, poporos, recipientes, cascos, silbatos y orejeras de extraordinaria calidad artística, fuera de cuencos, alfileres, narigueras, collares, pendientes, cascabeles y dijes; copioso tesoro de más de doscientas piezas comprendidas desde diminutas cuentas de collar y pequeños dijes de insectos, hasta una estatuilla de 29,5 centímetros y 1.100 gramos o un poporo de 35 centímetros y 1.720 gramos la pieza más grande y pesada. Ante la riqueza y la abundancia del tesoro obtenido, sus propietarios prosiguieron buscando y excavando en el mismo sitio y gastaron “un tiempo y un dinero considerable”, al parecer infructuosamente”.

De principios del siglo XX también se conoce el impacto causado por la obra escrita titulada “Recuerdos de la guaquería en el Quindío”, de don Luis Arango Cardona (Editorial de Cromos Luis Tamayo & Co., Bogotá, 1924) y en la que también se refiere al hallazgo del Tesoro de los Quimbayas en tumbas  que los guaqueros llamaban “matecañeras”. Esto escribe en la pág. 62:

“El séptimo grupo comprende los cajones matecañeros, como las del pueblo La Soledad……… Los reyes de La Soledad tenían muchas y muy distintas alhajas de oro; desde coronas, cometas, pitos y unas cajas con tapa para guardar los tabacos, todo esto de oro fino”.

La riqueza de los poporos

No obstante poseer suficiente información documental sobre el Tesoro de los Quimbayas, los quindianos debemos valorar este hallazgo por sus características tipológicas y de gran información cultural. En arqueología se considera que es importante asimilar el significado de esa disciplina como el de la reconstrucción de los hechos sociales del pasado. Es precisamente en la riqueza iconográfica de estas piezas donde se presenta el mayor acervo de información. Si los colombianos hemos incorporado a nuestra representación simbólica la imagen del poporo fitomorfo (también conocido como el poporo Quimbaya o  “de la moneda de 20”) como una de las más reconocidas, ¿por qué la simbología del realismo antropomorfo de las piezas constitutivas del Tesoro de los Quimbayas no ha producido un efecto similar?

 Si detallamos las piezas, encontramos en sus rasgos estilísticos un filón de información sobre las características físicas de sus pobladores, que bien podría acercarnos a la más fiel identidad de la figura humana prehispánica de la que se tenga noticia en América. De hecho, hasta el año 1987, cuando se hizo el hallazgo arqueológico conocido como el Tesoro del Señor de Sipàn en Perú, el Tesoro de los Quimbayas ostentaba el mérito del más bello hallazgo de orfebrería prehispánica del continente. Hoy, el vecino país cuenta con un destacado emplazamiento turístico alrededor de dicho hallazgo, similar al que ha constituido la fortaleza incaica de Machu-Pichu.

Si los quindianos no empezamos urgentemente la tarea de reconocimiento de estas piezas de orfebrería, desde la mirada de sus rasgos tipológicos, no encontraremos reflejadas en ellas los rostros de la cultura prehispánica. Tampoco podríamos descubrir el valor que la exhibición museográfica de sus fotografías podría aportarnos a la idea no vehiculizada del turismo que nos conviene a todos: el histórico y cultural, como base de una actividad sostenible y educadora. Desde hace más de diez años, se viene proponiendo la instalación de una muestra alusiva al Tesoro de los Quimbayas en alguno de los municipios del Quindío. Este es el momento adecuado para que se de paso a un montaje fotográfico de aquellas piezas y que podría estar acompañado por una muestra cerámica de la sociedad que las creó: lo que hoy la arqueología denomina el Período Temprano Regional.

Los cascos de oro Quimbaya

Muy pronto reconoceríamos la fuerza vital de aquellas imágenes en nuestra idiosincrasia: el poporo de  la  figura grávida, desnuda, sentada en su banquito (18.2 centímetros de altura) que enaltece la condición femenina por su fecundidad,  pero también por el orden jerárquico que pudieron tener mujeres cacicas en aquella época.  O la figura masculina sentada (22.2 centímetros de altura) con un pequeño poporo que pende de un collar y que relieva el papel ceremonial que cumplió este recipiente en su vida comunitaria. O los instrumentos musicales con forma de flautas que nos recuerdan también el origen toponímico del sitio del hallazgo, como un  lugar donde abundaba la fauna,  y sobre todo las aves, dentro de las cuales se destacaba el llamado “barranquero” o “soledad.” O la de los cascos con superficie repujada que tanta admiración ha causado por su técnica de elaboración que nos transmitía la admirable capacidad de trabajo de estos orfebres y el avezado y desarrollado adelanto tecnológico de la metalurgia precolombina.

Dos aspectos no mencionados en las reseñas escritas sobre el Tesoro de los  Quimbayas, nos dejan la inmensa responsabilidad que tenemos los quindianos por el conocimiento de nuestro pasado. Son ellos la posible decoración pictográfica de las bóvedas  que guardaban estas piezas, y que nos recuerdan los hipogeos de la región caucana de Tierradentro, hoy Patrimonio de la Humanidad. El otro es el reservorio  de información sobre el Tesoro  de los Quimbayas que no se ha recuperado  de labios  de nuestros viejos pobladores.  El personaje  que más conocía el sitio de extracción en aquella guaquería de 1890, don Argemiro Buitrago, del municipio de Quimbaya, ya murió. Sus anécdotas, muy valoradas por la imaginación sin límites que le regalaba su oficio de guaquero, lo hicieron muy popular y querido en aquella población quindiana.

El Tesoro de los Quimbayas no es solo una referencia regional, ni es el renacer de un ideario de riqueza. Es el espíritu que mueve a un pueblo entero, en este caso al departamento del Quindío, a asumir la defensa de su patrimonio cultural y arqueológico. No podemos seguir con el lastre de un pasado regional caracterizado por la guaquería, para seguirnos estigmatizando en su práctica, por desgracia aun no erradicada. Debemos asumir los quindianos la difícil tarea de educar a nuestros compatriotas en la valoración y conservación de los bienes prehispánicos, lo que debe hacerse extensivo a la  nación entera. Símbolos como el Museo de Oro, o el Parque Arqueológico de San Agustín, para mencionar solo dos del amplio inventario arqueológico de Colombia, deben convertirse, junto con el Tesoro de los Quimbayas, en referentes dinamizadores del panorama cultural de la nación.

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