18 de abril de 2014

El virrey que nunca llegó

La Casas del Virrey en Cartago
(Departamento del Valle del Cauca- Colombia)
Por: Alfonso Gómez Echeverri. Armenia, octubre de 2013


Sebastián de Sancena se reincorporó en su mullido sofá, y recibió de manos de la mujer de ébano una vivificante bebida, que gota a gota y como contando el interminable sopor de la tarde, emanaba del filtro de piedra, que yacía en un rincón del espacioso comedor. Varios días de reflexión, había bastado para tomar la determinación más importante de su vida, después de que buscó la intermediación  del virrey de la Nueva Granada, José Manuel de Ezpeleta y Galdeano, para visitar a su majestad Carlos IV de España, y recibir de manos del monarca el título de Alférez Real de Cartago, obteniendo así mismo, las prerrogativas y prebendas propias de un viajero español de ultramar, presente en la madre patria. Su devoción personal y reverencia al soberano habíase acrecentado, cuando por instantes, su imaginación  evocaba como en un sueño reiterativo, el esplendor de la corte española.
A la muerte de sus padres Miguel Tomás de Sancena y Mendinueta y Juana López de la Parra y Heredia,  hizo uso de los privilegios concedidos por su majestad, agregando a su apellido la palabra mar y la conjunción y, para recomponer su nuevo apellido, Marisancena; de esta forma, se indicaba que el leal vasallo, había cruzado el océano en función del “real servicio”: Se le conoció entonces, como “El Señor del Mar”.

Corría el año de 1783, cuando contrajo nupcias con la dama de preclaro abolengo, doña María Josefa Sanz de San Juan y Vicuña. Unos años después, construyó una aristocrática mansión inspirada en estilo andaluz  con influencia mudéjar, y dotada de severo lujo palaciego, que le permitió albergar a su familia y numerosa servidumbre. Adornó su casa con el escudo de armas otorgado por el monarca, y  lo hizo  tallar en piedra para engalanar la fachada principal, símbolo de estatus social de una época colonial que languidecía y que él se empeñaba en perpetuar. Consideraba su nivel económico y social como logros de una meta superada, y era hora de cumplir su anhelo deseado, no dudó en extender invitación al virrey para que lo visitara, abriendo así un compás de espera para cuando el máximo representante de la corona española, confirmara su presencia en Cartago, y ser atendido con la fastuosidad y distinción que semejante personaje merecía. Era sabido que la agenda del virrey estaba atiborrada de compromisos, pues Ezpeleta fuera del tiempo demandado por la gobernabilidad del Reino de Granada, era un hombre de grandes realizaciones en el ámbito cultural; durante su mandato, tuvo lugar el nacimiento del periodismo bajo la dirección de Don Manuel del Socorro Rodríguez, fundando así mismo el primer teatro de Santafé y apoyando los círculos literarios, donde participaron algunos futuros próceres del pensamiento independentista.

La actividad de Marisancena como hombre de negocios estaba registrada en Cádiz, de tal manera que importaba mercancías de España y comercializaba esclavos en los mercados de Cartagena, Honda, Ibagué y Cartago, extendiendo sus negocios a Quito y Lima. No dudó de la importancia del sitio denominado Furatena, en terrenos heredados de su padre, punto estratégico en el “Paso del Quindío”, y por supuesto parte de una ruta comercial de la mayor relevancia entre Cartago y Santafé; no en vano su padre Miguel Tomás de Sancena, había firmado en 1767 un contrato con el virrey Pedro Messías de la Cerda, para el mantenimiento del “Paso del Quindío”, privilegiando don Miguel Tomás, el mantenimiento del tramo correspondiente a sus dominios.

En 1791, Don Sebastián recibe de la corona española el título de Juez Poblador e inicia en el paraje Furatena, haciendo alusión a Fura y Tena lugar de culto de los indios Muzos, el primer poblamiento en las montañas del Quindío, denominándolo San Sebastián de la Balsa. Regaló a los colonos tierras, les suministró alimentos y herramientas para que cada familia se instalara e hiciera su vivienda, con su dinero construyó la casa parroquial y el templo, dotándolo con todos los ornamentos requeridos para el culto religioso, todo ello, como una manera de estimular el poblamiento de la región. No tardó por lo tanto, en formarse un caserío a la vera del camino, con viviendas en parcelas separadas hechas con tejados de palma seca, sostenidos con  gruesos maderos, paredes de guadua y pisos en tierra. Allí se ofrecía al viajero alimentación, hospedaje, establo y herrería. Consideró Marisancena que éste mérito fundacional prodigaría el beneplácito del virrey y estimularía su visita, pero todo fue en vano y la espera se dilataba en el tiempo. Para el año de 1797 fue sustituido Ezpeleta por  Pedro Mendinueta y Músquiz, y tuvo la oportunidad de congraciarse con el nuevo virrey, atendiendo con magnificencia y hospitalidad al Barón Alexander von Humboldt y Aimé Bonpland, quienes andaban en 1801, de correría por las colonias españolas. Había hecho pues suficientes méritos,  albergando así la esperanza de que el nuevo virrey lo visitase.

Haciendo eco de su ya reconocida reputación de hombre hospitalario, atendió la visita de tres nobles españoles, entre ellos un ilustre oidor, y para hacer gala de refinado anfitrión, dispuso toda la parafernalia acostumbrada en la época, ordenándole a su esposa para que se engalanara con las mejores prendas y joyas. Una vez terminada la visita, recriminó enérgicamente  a doña María Josefa  por haber descuidado su presentación personal, y ella indignada, abandonó para siempre su hogar, a pesar de todas las instancias de reconciliación emprendidas por las autoridades eclesiásticas y civiles. Había entrado así Don Sebastián en un torbellino de incongruencias en su mundo social, y terminó haciendo uso del último artilugio que le quedaba, como resultado del “privilegio de cadena”, que le fuera otorgado por la corona, para indultar a los reos condenados a muerte, que lograsen asirse férreamente al aldabón de la puerta principal de la gran mansión, cuando eran conducidos al lugar del suplicio.

El tiempo se esfumó y el virrey nunca llegó; ya estando Don Sebastián de Marisancena  en su lecho de muerte, se hace presente doña María Josefa su esposa, y entra caminando de espaldas a la habitación para manifestarle a su marido, el perdón por el ultraje que él le había proferido, diciendo con expresión pausada y actitud altiva: "Porque Dios lo manda, te perdono, pero no olvido”. Fallece en el año de 1833 y es enterrado en el Campo Santo de la ciudad, con las dignidades dadas a los hermanos de la Orden Tercera de San Francisco a la cual pertenecía.

Después de 128 años, el caserío de San Sebastián de la Balsa, es elevado a la categoría de municipio, con base en la ordenanza No. 12 del 31 de marzo de 1919, dándole el nombre de Alcalá; y hoy como una impronta del pasado, emerge del parque principal de la población un majestuoso samán,  sembrado por doña Rosana Gutiérrez de Mazuera en 1917; se erigía así, el símbolo eximio de los alcalaínos.                  

No hay comentarios.:

Publicar un comentario