3 de mayo de 2016

La Tebaida y sus parques de la representatividad histórica

Por: Roberto Restrepo Ramírez (Miembro Número de la Academia de Historia del Quindío)
Publicado en el diario La Crónica del Quindío el 17 de abril de 2016.

Cuarenta bancas de cemento y granito, cómodas desde la óptica de un estilo antiguo y tradicional, son el mobiliario fijo de uno de los tres parques y plazoletas de La Tebaida.

Se trata de los sitios de encuentro de la socialización urbana, en un municipio que se apresta a celebrar dos efemérides este año, los cincuenta años de pertenencia a su departamento y el centenario de su fundación.

El parque de El Tiempo.

En el parque de Bolívar, llamado antes El parque de El Tiempo, todavía se siente el ambiente de antaño.

Es uno de los pocos parques del Quindío que no ha sido refaccionado hacia el sentido de la modernidad, lo que hace interesante su permanencia, sentados en alguna de las cuarenta bancas de la historia ciudadana.

Este reducido, pero bien distribuido y arborizado espacio, es apenas un pequeño porcentaje del corazón del parque, pues en su centro puntual se yergue la estatua de Bolívar (sin su espada, que ha sido varias veces hurtada), lugar donde también convergen los extremos de ocho triángulos que se extienden ámpliamente hacia la periferia, terminando en una disposición circular.

En ese lugar comparten los adultos mayores, pensionados, mercachifles, personajes populares, locales, turistas, algunos lugareños que se ganan su sustento con su trabajo cotidiano de los oficios, y hasta algunos trasnochadores que encogen su humanidad en el arco de las bancas, entregados todavía al sueño plácido.

En los frondosos árboles del parque también viven iguanas y ardillas, que bajan de las ramas frondosas a comer alguna fruta o los restos de alguna golosina que dejan los transeúntes, en medio de una bien establecida zoociedad, ya que los animalitos se desplazan de manera libre y graciosa entre el movimiento humano y en dirección a su árbol.

Parque y fundación.

El parque es, sobre todo, la historia representada. Allí se puede conocer el pasado, que comienza desde la fundación del pueblo, encabezada por don Luis Arango Cardona y sus hermanos en agosto de 1916, pasando por la época del tren hasta el recuerdo del 9 de abril de 1948. Se hace remembranza de los personajes, prosaicos, polémicos o populares.

Bastan unos momentos de sombra y solaz, mientras algún lustrabotas ejerce su oficio, saboreando además el tinto de aguapanela más barato de la región, para conocer los datos  del Edén Tropical del Quindío: la evolución del parque, desde su inicio como punto de encuentro, pasando por la instalación de toldos de lona blanca para el día de mercado, hasta los cambios de infraestructura de los años cincuenta del siglo XX.

El humanista y escritor Francisco Cifuentes Sánchez nos recuerda esos pasos históricos en su obra La Tebaida Quindío (Editorial Tipografía y Litografía Luz, Calarcá, 1993): “El 14 de agosto de 1916 comenzó a trabajar Don Luis Arango el pueblo de La Tebaida… Del 14 al 21 de agosto de 1917, había vendido 130 solares con tres meses de plazo, el precio de solares era: los del marco de la plaza y la calle real, a $20 oro y de las otras partes a $10.

El primer mercado se realizó el 8 de julio de 1917, en la antigua plaza de El Tiempo, hoy plaza de Bolívar. Asistieron más o menos 100 personas; el primer novillo que se mató para la venta fue de Víctor Sánchez, comprado en Maravélez. Anteriormente se pagaron derechos de fonda”

La historia oral.

En el parque, de labios de sus ocupantes actuales podríamos extendernos en la escucha de versiones  de relato y leyenda que han enriquecido el imaginario: “el verraco de La Tebaida” (en sus varios matices), los sucesos del 9 de abril de 1948 (las asonadas locales), la fábula del  “huevo apocalíptico” (ocurrida el 29 de marzo de 1979), el  recuento de los discursos pronunciados por los líderes de izquierda María Cano e Ignacio Torres Giraldo (en la época de los ferroviarios de los años 20), las anécdotas sobre Emilia y su hijo “Patepuño”, “Chamberlain” o Manuelito Suárez (el tinterillo que tenía al parque como su oficina o  “última casa”) o hasta la historia legendaria del valle de Maravélez (sobre una laguna y su totuma encantada).

La plaza nueva.

Un mosaico de experiencias sobre la cultura popular, que nos encantaría y detendría nuestro tiempo de ocio en las pláticas del parque, nos debe llevar a emprender camino al segundo punto de encuentro: la Plaza Nueva, también llamada Parque Luis Arango Cardona.

Se inicia el recorrido caluroso, al salir del ámbito refrescante del Parque, hacia el sur, encontrando primero la edificación nueva del templo Nuestra Señora del Carmen, pues el antiguo fue destruido en el sismo de 1999 y en cuya esquina se empotró la cúpula antigua  como recuerdo, con una placa conmemorativa.

Luego, la alcaldía en su sede moderna y la calle 12 donde se encuentran dos casas contiguas: el antiguo teatro Paraná (hoy, Centro de Representaciones) y la casa de la cultura.

En el andén de la cuadra, un motivo gráfico que nos presagia el aspecto central del nuevo parque a visitar: dos diseños antropomorfos de la época prehispánica, marcados en serie.

Luis Arango Cardona, el fundador.

La Plaza Nueva es el referente directo de la época de fundación de La Tebaida. Rememora a Luis Arango Cardona, un hombre versátil y visionario, quien también se dedicaba a la “guaquería” (exploración no científica de las tumbas indígenas).

De hecho en el centro del parque se levanta un monumento singular, el único del mundo, que se  dedica a dicha actividad non sancta.

El “monumento al guaquero”, del maestro Mendoza, es un símbolo histórico de inocultable espíritu polémico. Sólo que con él se recuerda a la familia Arango Cardona, en esencia a don Luis y en extensión a su hijo, el prestigioso abogado Jesús Arango Cano, de quien se celebraron cien años de natalicio en el año 2015.

El hecho más recordado de Arango Cardona es la publicación de un libro especial, Recuerdos de la guaquería en el Quindío, publicado en 1918 en dos tomos y tan controvertido como lo fue su autor.

La piedra del indio.

La Plaza Nueva no sólo se centra en estos eventos del recuerdo del siglo XX.

En las rejas del monumento se encuentran los diseños del andén cercano al parque Bolívar: ello corresponde a la impronta de un petroglifo (de petros: piedra y glifo: grabado) muy conocido en la zona rural de La Tebaida, sumergido por la corriente de un brazo del Río Espejo que lo desapareció para siempre, pues se encuentra bajo una severa sedimentación de arena.

Las figuras allí plasmadas en una superficie lítica, conocida como la “Piedra del Indio”, fueron realizadas por los indígenas prehispánicos del Periodo Tardío hace unos mil años.

La Tebaida, con esto que se llama también el Arte Rupestre, nos recuerda su tradición arqueológica.  Don Luis Arango y sus hermanos guaquearon gran parte del municipio hace un  siglo, pues el terreno correspondía a la gran propiedad de la familia.
  
No obstante, en los últimos 60 años se han encontrado y excavado varios yacimientos de importancia: una tumba en el sector rural de La Sierra, investigada por Luis Duque Gómez,  el registro de otro petroglifo (Piedra de la Familia) en el sector de La Herradura, excavaciones posterremoto en el predio El Cántaro o hasta el  hallazgo de un ajuar funerario del Período Tardío en la apertura de una brecha de alcantarillado en la vía vehicular de la carrera 7 entre calles 11 y 12.

Pero el más significativo hallazgo, de manera fortuita, ocurrió en 1975, cuando los arqueólogos Óscar José Osorio y Karen Olson Bruhns encontraron, en terrenos del aeropuerto El Edén, una “punta de proyectil”, nombre dado a la evidencia  de una pequeña flecha de piedra volcánica, lascada y retocada, que había sido usada en la época de los primeros cazadores y recolectores de América hace más o menos 9.000 años.

Plazoleta Bicentenario.

Hacia el sureste, el recorrido de parques termina en la Plazoleta Bicentenario, frente a un edificio llamado Museo de la Quindianidad y que albergará colecciones de arqueología, etnografía y arte.
Partimos del sentido histórico, pasamos al panorama de dos extremos (lo arqueológico y la guaquería) y ahora nos encontramos en la esfera de lo  cultural.
  
Porque esta plazoleta nos debe recordar que La Tebaida es también la cuna del teatro en todos sus géneros creativos, es arte, literatura, poesía, música y tradición radial.
  
Con el riesgo de omitir algunos nombres, así lo confirman sus gestores, autores, escritores y compositores más connotados: Luz Marina Botero, Mélida Marín, Miguel Londoño, Darío Aristizábal, José Fernando Ramírez Gómez, Alejandro Vallejo, Maria Ladi Londoño, Heriberto Vargas y Hugo Zapata, entre otros.

Con razón, y con orgullo, La Tebaida también debería llamarse el Oasis Cultural del Quindío, además que es la entrada, desde el suroccidente, al territorio del Paisaje Cultural Cafetero. 

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