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Recuerdos de Helio Martínez Márquez

Por: Armando Rodríguez Jaramillo. Miembro de la Academia de Historia del Quindío.

Empezando el año 2014 fuimos sorprendidos con la noticia de la muerte de Helio Martínez Márquez, patriarca conservador nacido en Filandia (Quindío) cuando recién despuntaba el siglo XX (1915), calendas por las que las aldeas de entonces hacían su tránsito a municipios con una dinámica nunca antes vista en este territorio.

A Helio lo vi y lo pensé: Lo vi porque su figura era impactante, parecía una estatua viviente de voz estentórea que no necesitaba de micrófono para que su oratoria retumbara; lo vi porque era imposible no verlo, su presencia inspiraba respeto y autoridad moral; lo vi porque con su tez blanca y ojos claros, su porte alto, su cabello cano y su rígida mirada hacían que uno pensara que estaba ante un ciudadano de la antigua hélade. Lo pensé porque siempre fue radical en sus posiciones, por lo que algunos lo tildaron de sectario  ̶ pero qué político no tuvo visos de sectarismos en la Colombia que antecedió a los años setenta  ̶ ; lo pensé porque fue un defensor y practicante de la civilidad, más aún cuando la cívica y la urbanidad fueron abandonadas por profesores y padres de familia; lo pensé porque siempre levantó la voz para hablar de orden con una profunda convicción católica y con pensamiento conservador, ese que sus copartidarios olvidaron.

Sólo tuve la satisfacción de escucharlo y de leerlo, pero no la experiencia del trato directo ni mucho menos una relación de amistad. La primera vez que me encontré con él fue cuando en algunos ciudadanos del Quindío nos reuníamos para discutir propuesta ciudadanas para presentarle a la Asamblea Nacional Constituyente de 1991. Aquellas reuniones las hacíamos en la Sociedad de Mejoras Públicas o en el antiguo recinto del concejo municipal que quedaba detrás del edificio de la Alcaldía (calle 23 entre carreras 16 y 17), lugar al que llegaba con la paciencia de los decanos el entonces septuagenario Helio Martínez Márquez a escuchar y exponer su pensamiento, haciéndonos caer en cuenta que no éramos más que ciudadanos con buenas intenciones pero con limitados conocimientos sobre el Estado y su funcionamiento, neófitos de lo que significaba la Constitución Política y el ordenamiento jurídico de la nación.

Oyendo sus planteamientos supimos que no entendíamos lo que queríamos cambiar y que desconocíamos el devenir histórico-político que llevó a las reformas constitucionales de Alfonso López Pumarejo (1936) que permitió que todos los hombres mayores de 21 años votaran sin importar que no supieran leer y escribir, la del general Gustavo Rojas Pinilla (1954) que le dio cédula de ciudadanía a la mujer reconociéndole su derecho al sufragio; las de 1957 y 1958 que establecieron el Frente Nacional, la de Carlos Lleras Restrepo (1968) que reglamentó la competencia electoral entre partidos y, finalmente, la del gobierno de Belisario Betancurt (1986) que introdujo la elección popular de alcaldes.

Sus alocuciones de entonces, con una elocución que ya no tienen los políticos de ahora, tenían la contundencia de quién se formó como abogado y se moldeó en el ejercicio de la política; la experiencia de quien fuera secretario de gobierno y alcalde de Armenia, gerente de EPA, concejal de Armenia, diputado y secretario de Educación de Caldas; la dicción del escritor, periodista y columnista de El Colombiano, La Patria de Manizales, El País de Cali, El Siglo de Bogotá y La Crónica del Quindío.  Nos hablaba el hombre que había presenciado en vida los avatares de cinco reformas constitucionales en un país convulsionado por las luchas partidistas. Lo escuchábamos un grupo de jóvenes inquietos queriendo participar en la construcción de un país que creíamos excluyente, desigual e inequitativo, pero que desconocíamos a montones.

Luego lo vi en 1991 como candidato a la gobernación del Quindío haciendo proselitismo en las calles de Armenia en la primera elección de gobernador por voto popular compitiendo contra Ancízar López López, Oscar Loaiza Piedrahita, Belén Sánchez Cáceres y Mario Gómez Ramírez. Después lo encontraba con frecuencia caminando por las aceras del centro y en derredor de la plaza de Bolívar mirando la ciudad con ojos de centinela. Siempre leí sus artículos publicados en La Crónica del Quindío que hablaban de civilidad y recordaban apartes de nuestra historia. Por último, me alegré cuando el 14 de octubre de 2010 recibió, de manos de la alcaldesa Ana María Arango Álvarez, la máxima condecoración que otorga la ciudad de Armenia: El cordón de los Fundadores.


Sólo me resta decir que se fue uno de los políticos de antes, testigo los últimos 98 años de historia de una ciudad, que como Armenia, cumplió 124. A él le tocó la transformación de Armenia, la llegada del ferrocarril, el auge de la actividad cafetera que convirtió a la ciudad en un enclave económico, los tiempos del coronel Barrera Uribe, la muerte de Gaitán y los sucesos del 9 de abril cuando el comercio de la ciudad fue saqueado, la caída del gobierno de Laureano Gómez y la dictadura del general Rojas Pinilla, la violencia partidista que azoló nuestros campos, el Frente Nacional, la creación del departamento del Quindío, los caciques y gamonales que dominaron nuestra política, las últimas bonanzas y la crisis del café, la elección popular de alcaldes y gobernadores, los dineros del narcotráfico en la política, los magnicidios, la decadencia del civismo, las empresas electorales, la debacle de los partidos y el fatal deterioro de la política.

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